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Los yerros del cerebro

Mente borrosa y confusa.

Scatterbrain
How the mind´s mistakes make humans creative, innovative, and successful
Por Henning Beck
Greystone Books, Vancouver, 2019


En esta guía brillante para orientarse por el cerebro, creada por Henning Beck, neurocientífico experto en gestión de proyectos, se llega a la conclusión de que la perfección humana no solo carece de sentido, sino que los errores, los pasos en falso y los despistes son claves para la creación intelectual. Sin error no habría cambio, ni invención. El cerebro es todo menos preciso o bueno a la hora de calcular; disperso y absorto en las musarañas no es fiable. Amén de equivocarse en el cómputo, olvida más que retiene. Pese a esas y otras muchas debilidades, hemos de alegrarnos, pues encierran el secreto de su carácter excepcional y su éxito. Tal es la paradoja defendida a modo de tesis en esta obra, de aparente, solo aparente, ligereza.

De las capacidades cognitivas superiores se ocupa la corteza cerebral, la estructura biológica que encierra mayor complejidad. Comprende 16.000 millones de neuronas y 61.000 millones de otras células organizadas en un centenar largo de regiones anatómicas o funcionales. Las neuronas se reparten en seis capas laminares. Ante semejante complejidad, a nadie extrañará que el cerebro comete errores —unos de bulto, otros pequeños—, sin pausa ni descanso. Calculamos mal la hora, olvidamos lo que acabamos de leer o nos distraemos con el móvil. Merced a esas flaquezas, nuestro cerebro se hace adaptable, dinámico y creativo. Potente. Un niño de dos años domina asuntos que dejaría en mantillas a un superordenador. Puede, por ejemplo, reconocer el rostro de su madre en medio del gentío o su propia imagen en el espejo. Tras jugar una sola vez con un coche de juguete, sabe qué es un coche. Puede indicar los detectores de humos en el techo y pensar que las patatas están deliciosas, hazañas que ningún ordenador moderno podría efectuar. Al propio tiempo, no deja de cometer pequeños errores. Pero a diferencia del ordenador, progresa por días. De cada error saca una lección. Su cerebro se va adaptando mejor al medio, aunque nunca dejará de incurrir en yerros. El ordenador, por el contrario, será eficiente, preciso y veloz; pero también aburrido, predictible y carente de creatividad.

Llegados al estado adulto, los humanos desarrollamos una forma más obvia de frustración intelectual. Para dilucidar los mecanismos de operación del cerebro (cómo aprende, yerra y controla el comportamiento), la Unión Europea, Estados Unidos y Japón han lanzado programas de muchos años de duración y generosísima financiación. Pero la mayoría de los supuestos inconvenientes intelectuales que nos caracterizan presentan enormes ventajas. Así, el hecho de que no podamos recordar los nombres nos permite desarrollar una memoria dinámica. Nuestra facilidad de dispersión mental nos ayuda a pensar creativamente y nuestra tendencia a llegar tarde a una cita por cálculo erróneo del tiempo resulta ser una bendición porque si nuestros relojes internos fueran exactos no podríamos saltar de un recuerdo a otro con la celeridad con que lo hacemos, sino que nos sentiríamos atrapados en un estado de recordación estática. Los recuerdos no son estáticos, no son cadenas de bits a los que puede accederse una vez el cerebro los descarga.

El cerebro es un órgano poderoso y dinámico, el cual posee en principio mucha más información de la que utiliza normalmente. Es, además, un tanto perezoso. Por ello divide sus energías. La información registrada no queda de inmediato almacenada para su recuperación a largo plazo, sino que se incluye en un período de ensayo. No hay en el cerebro ningún director de orquesta. Las neuronas deben apoyarse en la propia sintonía con células vecinas. Los puntos de contacto que se utilizan a menudo se refuerzan, en tanto que se debilitan los que apenas se usan. Si queremos que, en casos específicos, determinadas sinapsis se activen tenazmente, el cerebro toma medidas para reestructurar las células y asegurar una fácil intervención de dichas sinapsis específicas cuando se las solicite más tarde. En cambio, las que no se usan por falta de apoyo estructural desaparecen con el tiempo. La debilidad memorística constituye una fuente de errores.

Nuestra memoria es dinámica porque puede cambiar con rapidez. De hecho, resulta ser un constructo que se reconfigura cada vez que recordamos algo. En cuanto las neuronas han terminado la activación de un recuerdo, este se esfuma, aunque persista de otro modo en nuestra memoria. En el cerebro, la información se almacena entre los puntos de contacto neural para que puedan activarse y recrearse en el futuro. Por consiguiente, un recuerdo es la capacidad que presenta la red neural de generar un estado de actividad (correspondiente a una pieza de información, un pensamiento, una memoria).La información cambia en el curso del tiempo y, cuanto más se emplea, más cambia. Se modifica cada vez que se apela a ella.

La razón de la vulnerabilidad de la memoria reside en la forma en que la información se integra en el cerebro desde el comienzo. El centro de la capacidad memorística es el hipocampo. Cuando leemos una palabra, la recibimos primero en la región cerebral del procesamiento de imágenes. Para captar su contenido, debe someterse después a un procesamiento semántico que se produce en la corteza prefrontal ventrolateral. La corteza cingulada anterior ocupa un papel decisivo en las falsas memorias. La corrección de estas desencadena más actividad en el hipocampo y en las regiones procesadoras de imágenes. Así pues, las falsas memorias determinan un incremento de actividad en la corteza frontal.

No solo somos proclives a caer en errores cuando intentamos recuperar listas de palabras; erramos también al colocarlas en un contexto social. (Por sí sola, una información no reviste particular interés, pero importa saber a quién se ofreció, qué encerraba, cuándo se aportó, dónde, por qué y cómo.) Entre otras razones, por la función que desempeñan las emociones, que acostumbran a ejercer cierto efecto distorsionador sobre nuestros recuerdos. No le resulta fácil al cerebro ahorrar información, y pugna por consolidar y recuperar la retenida en la memoria ante los continuos estímulos que fomentan la desinformación. Para conformar una falsa memoria basta un suceso emocional, la presión de los iguales o la apelación frecuente a los recuerdos.

Nuestra memoria deja de ser verdadera, aunque pueda aparentar ser coherente. El cerebro se siente incómodo en condiciones de incertidumbre (disonancia cognitiva) y no para de crear un cuadro global coherente. Si lo que percibimos se encuentra fragmentado, el cerebro lo sustituirá en el resto de la información sin ni siquiera percatarnos de ello. Los psicólogos ven el cerebro como una caja negra. Recibe información del exterior y envía una respuesta fuera. Pero esa es una explicación demasiado simplista para el neurólogo, interesado por conocer qué ocurre en el interior de la caja negra, cuando se excita.

Muchas tareas se desvanecen antes de poder encuadrarlas en el tiempo. El tiempo perturba nuestro cerebro, y este último tiene problemas con el primero. Los órganos de los sentidos procesan la información a diferentes velocidades y se tienen que armonizar todas. El cerebro aumenta la velocidad de unos y amortigua la de otros para alcanzar la sincronía. Puede efectuar acciones extraordinarias. No para de hacer cosas; si parase, es que está muerto. Incluso cuando dormimos, persiste activo. Mediante la resonancia magnética podemos determinar qué región cerebral experimenta un mayor metabolismo energético, indicio de actividad intelectual. No podemos saber qué es exactamente lo que está pensando, pero sí observar cómo distribuye el flujo de sangre por sus pensamientos.

Otro aspecto de la labilidad mental de nuestro cerebro lo observamos en la capacidad de cómputo. Apenas puede hacer otra función que las cuatro operaciones básicas, pese a lo cual hemos sido capaces de desarrollar espacios topológicos, describir anillos noetherianos y calcular círculos apolonios. ¿Por qué? Porque somos capaces de realizar algo que no logran los computadores: expandir las reglas de la matemática y aplicarla de formas innovadoras. Ahora bien, la debilidad del cerebro para cálculos complicados o los grandes números resulta ser su mayor fortaleza. Pues solo de ese modo no quedamos sumergidos en una jungla de números, sino que se nos deja libertad para interpretarlos. Los matemáticos no piensan en números, sino en patrones y en imágenes, en relaciones y espacios. Los números como tales resultan irrelevantes, pero en correlación y en dinámica son mucho más excitantes.

Nuestra comprensión numérica comienza en el lóbulo parietal posterior. De aquí la información pasa a la parte lateral del lóbulo frontal, donde se calcula en comparación con otros números. Al parecer, poseemos neuronas especiales dedicadas a la computación, capaces de codificar operaciones aritméticas sencillas, del tipo «más que». En otras palabras, estamos dotados para percibir la propiedad numérica de objetos en nuestro entorno.

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