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1 de Julio de 2019
Neuropsicología

Efectos neuropsicológicos de la adopción

Las experiencias negativas previas a la ­adopción, como los malos tratos y el abandono, o el consumo de drogas y alcohol por parte de la madre biológica pueden producir complicaciones cerebrales y psicológicas en el niño. Los cuidados de la familia adoptante pueden reparar ese daño.

Alrededor del 50 por ciento de los niños adoptados tienen menos de tres años cuando llegan a su nueva familia. A esa edad, su cerebro se encuentra en pleno desarrollo. [Getty Images / damircudic / iStock]

En síntesis

Experiencias como el maltrato o el abandono, además del consumo de drogas y alcohol durante la gestación, alteran el desarrollo cerebral del niño. La mayoría de los adoptados han vivido alguna de esas circunstancias en su familia biológica o en el orfanato.

Los pequeños que han vivido sin la atención de adultos que ofrezcan buenos tratos
y cuidados pueden presentar dificultades de lenguaje y cognición social, así como alteraciones emocionales, entre otros problemas psicológicos.

El cerebro infantil es muy plástico. No obstante, cuando la adopción se produce en edades tardías, el niño requiere, por lo general, una fuerte dosis de cuidados y atención por parte de la familia adoptante para un desarrollo psicológico sano.

A lo largo de las dos últimas décadas, España ha sido el segundo país del mundo, por detrás de Estados Unidos, donde más adopciones internacionales se han producido. Desde 1997 y hasta la actualidad se han traído alrededor de 55.000 menores por esta vía. El punto álgido fue en los años 2004 y 2005, cuando se adoptaron casi 11.000 menores, hoy en día ya en plena adolescencia. Carlo, de 14 años, es uno de ellos. Sus actuales padres tuvieron que esperar algo más de tres años para, tras mucho papeleo y varios viajes a Moscú, conseguir adoptarlo. La pareja regresó a Barcelona con el niño cuando este contaba un año de vida.

Como Carlo, muchos de esos niños han experimentado situaciones de desatención, abandono o malos tratos antes de vivir con una nueva familia. En muchos casos, las vivencias con los progenitores o en orfanatos en malas condiciones han originado un daño funcional en su cerebro que ha afectado al sistema límbico, donde se procesan las emociones, como el miedo, el placer o la agresividad, entre otras.

Por lo general, el trabajo psicoemocional y educativo por parte de las familias adoptantes mejora el estado físico, mental y emocional del niño. No obstante, esa «reparación» resulta más difícil cuanto mayor es el pequeño adoptado, sobre todo cuanto más ha sufrido con la familia biológica o en el orfanato. A partir de la edad de 3 o 4 años, se requieren grandes dosis de atención y cuidados para lograr ese cambio.

Neurobiología emocional

Los humanos somos una especie con una infancia muy prolongada, precisamente para que las redes cerebrales se potencien gracias a las experiencias vitales. Los padres biológicos, por lo general, nos dan cuidado y apoyo en ese proceso de crecimiento. Pero a los menores en situación de desprotección suele faltarles ese requisito, el cual se intenta suplir con familias adoptantes que les ofrezcan estabilidad, afecto y cariño.

Los cuidadores de un niño contribuyen al desarrollo de su cerebro a través de la estimulación positiva, sobre todo durante los primeros años de vida. El volumen del cerebro se multiplica por tres durante ese período, por lo que se trata de una fase crucial para su desarrollo. A través de la estimulación, el afecto, el buen trato y el lenguaje familiar se favorecen las conexiones neuronales positivas para que la mente del niño razone y reflexione; también para que el pequeño se relacione con el mundo y las personas de su entorno. De este modo, el cerebro alcanza un desarrollo funcional y armónico.

 

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