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  • Julio/Agosto 2015Nº 73

Medicina

Madagascar, donde los psiquiatras escasean

En los países en vías de desarrollo, las posibilidades de tratamiento para los enfermos mentales son reducidas o inexistentes. En Madagascar, como en otros lugares del mundo, los exorcistas se convierten en terapeutas.

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Sentada en el interior de una pequeña cabaña construida con paja, Gina relata: «A cada momento salían de mi boca estas palabras: “¡No me gustan los bebés! ¡No debo darle leche al niño!” Pero no provenían de mí; pronunciaba lo que me decía el diablo». Sobre el regazo de la joven balbucea Dorline, su segunda hija, de un año y ocho meses de edad. La mayor, Julia, tiene cuatro años. «Tras el primer parto, el diablo ya obró en mí», continúa Gina. «Me oprimió el cuello y experimenté una extraña sensación en el corazón.» Sus padres también se encuentran en el minúsculo habitáculo de 1,5 metros cuadrados. El hombre recuerda: «Mi hija estaba como fuera de sí. Normalmente es una buena chica, respetuosa y tranquila». De repente, según explica, empezó a chillar, a llorar y a maldecir. No quería amamantar a su bebé. «Eso no salía de mi hija», asegura, «procedía de un diablo».

Si en Europa esa escena llevaría a pensar en una depresión o una psicosis posparto, en el sur de la isla Madagascar, a una caminata larga del siguiente pueblo, tales conceptos médicos no revelan nada. Tras el nacimiento de Julia, la entonces madre primeriza acudió a un médico, quien le recetó analgésicos y antibióticos. Sin embargo, los fármacos no mejoraron su estado anímico. «Tampoco un curandero me podía ayudar. Lo único que logré fue perder mucho dinero», se lamenta Gina. Después de su segundo alumbramiento, se dijo: «Estoy poseída por el diablo. Solo Jesús puede ayudarme.» Este pensamiento la llevó a acudir a un centro perteneciente a la iglesia luterana de Madagascar, a un toby, según denominan los lugareños. «Allí recé mucho. Cada tarde acudía al exorcismo. Expulsé al diablo fuera de mí. A partir de ese momento me sentí mejor.»

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