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Actualidad científica

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  • Julio/Agosto 2015Nº 73

Psicología

Trastorno postraumático por aborto

Al menos un niño de cada diez muere en el seno materno. Muchas mujeres ­lamentan la pérdida durante largo tiempo; también los padres desarrollan una relación íntima con el hijo no nacido.

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«Me encuentro en la cocina cuando, de repente, empiezo a sangrar. La ecografía que me habían hecho al mediodía indicaba que todo iba bien. Mi marido pide una ambulancia. Veo el rastro de sangre; tengo el peor presagio. Pienso que mi hijo ya no vive. Me pongo histérica. Cuando los sanitarios me tumban sobre la camilla, me tranquilizo. Todo me parece irreal. En la clínica andan todos muy agitados. Un médico me introduce un instrumento metálico frío. La ecografía confirma lo que ya sabía desde hacía rato. Me tienen que realizar un legrado urgentemente. El médico me dice que todavía podré tener muchos hijos, pero el bebé que esperaba ha muerto. Nada lo puede sustituir.»

De esta forma describe una paciente de la Clínica Universitaria de Münster cómo vivió su aborto natural. La muerte de un niño no nacido lleva a la mayoría de las madres y los padres a una profunda crisis. Hace unos treinta años, los médicos sostenían que lo mejor era olvidar lo antes posible el suceso. Sin embargo, hoy sabemos que las reacciones a la pérdida prematura de un hijo no se diferencian en gran medida de las que se experimentan tras otros acontecimientos luctuosos. En todo caso, la amplitud de las repercusiones en los afectados suele pasar inadvertida.

Según los estudios, entre el 10 y el 30 por ciento de los niños mueren antes de venir al mundo. En un principio, ello puede ocurrir en cualquier momento de la gestación. Hasta la semana 16 de embarazo, los médicos hablan de aborto; más tarde, de aborto tardío. En todo caso, más de la mitad de los abortos espontáneos ocurren antes del tercer mes de embarazo. Solo a partir de un peso corporal de 500 gramos los niños que mueren antes o durante el parto se denominan mortinatos.

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