«Ahora, los módulos funcionan como ­unidades burbuja»

Como en la población general, en las prisiones también se han ­aplicado restricciones a causa de la pandemia. Olga Prieto, jefa de Programas de Atención Especializada del Centro Penitenciario ­barcelonés Brians 1, explica los efectos de estas medidas en el día a día de los internos y funcionarios de prisión

Olga Prieto: Nació en 1966 en Bilbao. Psicóloga especializada en el ámbito de ejecución penal, lleva vinculada al mundo de las prisiones desde 1994. Ha trabajado en siete centros penitenciarios de Cataluña dentro del área de tratamiento. Entre otros trabajos, ha colaborado con el Parque Sanitario del Hospital Sant Joan de Déu, en Barcelona, como psicóloga clínica en la Unidad de Rehabilitación Psiquiátrica Penitenciaria de la prisión Brians 2. Actualmente es Jefa de Programas de Atención Especializada del Centro Penitenciario Brians 1. [CORTESÍA DE OLGA PRIETO]

¿Podría explicar, en pocas palabras, qué son los Programas de Atención Especializada?

Son intervenciones específicas que se llevan a cabo en los centros penitenciarios en base a un Programa de Tratamiento Individualizado, que se diseña para cada una de las personas que ingresa en prisión y que atiende a objetivos de tratamiento, necesidades criminógenas y al riesgo de reincidencia delictiva futura. Es un tratamiento dirigido a la reeducación y reinserción social.

¿Por ejemplo?

Una persona que tiene un problema de adicción grave decide robar y hacer del delito su forma de vida para poder costearse el consumo,. Si la adicción tiene su inicio desde edad temprana, pueden estar afectadas otras áreas importantes de su vida, en las cuales también hay que intervenir para que tenga la oportunidad de desarrollar competencias sociales y herramientas personales que favorezcan y potencien su capacidad de adaptación al medio externo. En tales casos, deben trabajarse, además de su problemática específica, la drogadicción, otras áreas, como la laboral, la formativa, la lúdica, la salud, los valores, etcétera. Es decir, efectuar un tratamiento transversal.

¿Todos los internos están dispuestos a participar en estos programas?

Previamente se explican y consensuan con la persona las actividades a realizar en su programa de tratamiento. Hay que tener en cuenta que es voluntario y depende de la motivación y del interés del interno llevarlo a cabo o no. No obstante, también hay programas motivacionales, que ayudan a que tome consciencia del problema y de la necesidad de recibir tratamiento.

La llegada de la pandemia de la COVID-19, ¿ha comportado modificaciones en estos programas?

Al inicio de la pandemia y del confinamiento, como también ocurrió en la población general, hubo momentos de desconcierto e incertidumbre, puesto que todo fue muy precipitado y novedoso. En seguida, desde los órganos directivos, se elaboró una serie de medidas de urgencia dirigidas a evitar males mayores y prevenir contagios. No solo con la población reclusa, sino también con todo el colectivo de trabajadores de las instituciones penitenciarias. Como en el resto de la población, se combatió el miedo a lo desconocido con información y estrategias de prevención. Absolutamente todos los trabajadores del centro, de distintos colectivos profesionales, como sanidad, psiquiatría, equipos directivos, tratamiento, seguridad y mediadores culturales, entre otros, aunaron y coordinaron funciones para gestionar con la mayor humanidad y eficacia posibles la inesperada situación de crisis que sobrevino con la COVID-19.

¿Qué medidas concretas se tomaron?

En un inicio, lo importante era disminuir el riesgo de contagios, así que se aplicaron medidas preventivas y de urgencia. Se decidió que todos los internos que salían de permiso, que tenían residencia y un bajo riesgo de reincidencia cumplieran, con medidas de control, un régimen de semilibertad y, por tanto, el confinamiento, en su hogar. Ello sirvió para desmasificar los centros y disminuir riesgos de contacto. Puesto que estas personas salían y entraban de los centros, podían poner en riesgo al resto de la población penitenciaria. Por el mismo motivo, se limitaron las salidas y las visitas presenciales, vis a vis, de familiares u otras personas, entre estas, los abogados.

¿Afectaron esas limitaciones de contacto a los ­internos?

Con el fin de subsanar la falta de contacto exterior y mantener los vínculos con la familia, y así evitar el sentimiento de soledad, se aumentó el número de llamadas telefónicas y se facilitaron multitud de videollamadas gratuitas. De esta manera pudieron conversar y ver a sus familiares, incluso algunos que no veían desde hacía tiempo porque estos no podían desplazarse hasta el centro, vivían lejos o en el extranjero. Ese medida fue primordial, ya que muchos internos vivieron reencuentros muy emotivos y gratificantes.

Así, podría hablarse de un efecto positivo.

Se dieron situaciones diferentes a las habituales, ya que las videollamadas permitían contactar con amigos y familiares que quizás hacía mucho tiempo que no habían visto. Este tipo de contacto también tenía la peculiaridad de que en la misma videollamada se reuniera gran número de familiares, amigos y allegados, lo que permitía visualizarlos e interaccionar con ellos, generando situaciones emotivas. Estas medidas han ayudado mucho a paliar el impacto de las restricciones en las salidas y visitas de los internos. Pero hay que tener en cuenta que, en la consciencia de todos, se halla presente el miedo al contagio y la provisionalidad de las medidas.

Por otro lado, los nuevos internos también podrían ser una fuente de contagio.

Desde el primer día en el que una persona ingresa en prisión se toman medidas de prevención. Antes de ser ubicado en el módulo de tratamiento más adecuado para su personalidad y rehabilitación, el interno pasa por la unidad de ingresos, donde el médico lo visita y un equipo de tratamiento le entrevista y decide su ubicación más idónea. Este es un procedimiento preceptivo por ley y, por tanto, de obligatorio cumplimiento. Pero desde la pandemia, además, es obligatorio hacerles la prueba PCR al ingreso y esperar los resultados antes de ser ubicados. En caso de dar positivo, se confina a la persona en la enfermería del centro, donde pasa la cuarentena y es atendida por los servicios sanitarios penitenciarios a la espera de su mejora y de que negativice. A todos los internos nuevos se les instruye en medidas preventivas y se les facilita el material higiénico necesario, como la mascarilla, para proteger y protegerse.

Un contagio en la prisión supondría, sin duda, un gran problema.

Es muy importante que quien esté contagiado con el virus no pueda acceder a un módulo residencial, ya que pondría en peligro la salud de todos los internos de esa unidad y la de sus trabajadores. En realidad, ahora los módulos funcionan como unidades burbuja, donde es nuestro deber vigilar y procurar preservar la salud de todas las personas que están bajo nuestro amparo y responsabilidad. Evidentemente, ello supone nuevas rutinas y un cambio en las antiguas. Como ocurre en el resto de la sociedad, se busca mantener las distancias, evitar contactos físicos, llevar la mascarilla, comer por turnos para evitar agrupamientos de personas, reducir los contactos entre módulos y con el exterior, así como limitar la entrada al centro de personas que no sean esenciales para el funcionamiento de los servicios.

¿Se han visto privados los internos de actividades deportivas o culturales?

Se ha reducido el número de participantes en las actividades y se ha establecido la obligatoriedad de llevar mascarilla mientras se realizan. También se han limitado las actividades intermodulares o que se llevaban a cabo en espacios comunes, como el polideportivo, la escuela, la biblioteca, donde pueden coincidir personas de diferentes módulos. Así, por ejemplo, el deporte o el culto religioso se efectúan en el mismo módulo o en zonas comunes con internos de una sola unidad. Pero los monitores de deporte, música, teatro y artes plásticas siempre han estado presentes. De hecho, han sido una pieza fundamental para ayudar a mantener la calma, combatir el estrés y fortalecer la creatividad.

¿Han aumentado los trastornos psicológicos de los internos a causa de la nueva situación?

Si en la población general se ha dado una mayor incidencia de trastornos de ansiedad, del sueño y del estado de ánimo, entre otros, en nuestro colectivo también ha habido cierta casuística en los inicios de la pandemia, sobre todo relacionada con la incertidumbre y la limitación de los contactos y las salidas al exterior. Pero no más que en otros colectivos confinados. Hay que subrayar que los internos disponen de la atención sanitaria las 24 horas del día, y que ante cualquier sintomatología pueden ser atendidos por los servicios médicos, psiquiátricos y psicológicos de que disponen dentro del mismo centro. No se han dado dilaciones en la atención ni listas de espera. Y en el caso de gravedad, han podido ser trasladados inmediatamente al hospital penitenciario. Pasados los primeros momentos de incertidumbre, se ha observado una pronta adaptación de los internos a la nueva situación y a los cambios en las rutinas diarias.

¿Cómo se actúa cuando alguien necesita atención psicológica?

Desde los equipos multidisciplinares que se encargan de los programas de tratamiento se da soporte y atención individualizada a las personas que lo requieren o que necesitan expresar su malestar. Esta es una de nuestras funciones básicas. Si el educador social o psicólogo observa la necesidad de una atención más especializada, se deriva el caso a los servicios sanitarios, como médicos o psiquiátricos. Pero también los funcionarios de interior o cualquier otro profesional que detecten esa necesidad pueden derivar a la persona a los servicios santirarios en cualquier momento del día. Por otra parte, además de resolver las dudas que pudieran tener sobre los cambios de rutinas y las medidas preventivas, se han hecho campañas intensivas dirigidas a disminuir riesgos autolíticos y prevenir la sobredosis. En cuanto las medidas de seguridad y preventivas de salud lo han permitido, se ha procurado volver a la normalidad de las dinámicas de tratamiento, tal y como funcionaban antes del inicio de la pandemia.

Por el contrario, ¿se ha detectado en los internos un aumento en su capacidad para afrontar las adversidades?

Los internos forman parte de nuestra sociedad y están informados constantemente, a través de los medios de comunicación, de todas las noticias del exterior. También tienen información de la situación actual a través de las videollamadas y de las llamadas telefónicas con sus familiares y allegados. El hecho de ver a los suyos confinados y sin libertad de movimiento, no solo les ha hecho más conscientes del problema, sino también más responsables en relación a la necesidad de adoptar medidas preventivas para evitar contagios. Además, han podido empatizar y compartir, tanto ellos como sus familiares, la experiencia de privación de libertad, lo que ha contribuido a reforzar y unir más sus vínculos, así como a ayudarse mutuamente, dándose ánimos para llevar mejor la situación. Excepto en algunos casos, la mayoría de los internos han sabido enfrentar la situación manteniendo la calma y mostrando aceptación y tolerancia frente a los cambios de rutinas y las limitaciones y restricciones de salidas y entradas a prisión.

¿Ha cambiado la pandemia también la relación entre los internos y los funcionarios de prisión?

Lo cierto es que contamos con un personal funcionario muy preparado y con mucha experiencia. Sus habilidades sociales y en el manejo de situaciones estresantes se han evidenciado durante la pandemia. Los funcionarios de interior son los que pasan más horas en contacto con la población interna y los que, en muchas ocasiones, viven más de cerca las demandas y angustias de los internos. Hacen una labor de contención y soporte emocional esencial. La relación entre funcionarios e internos se cimenta en el respeto mutuo y el trato digno y humano. En general, nunca ha dejado de ser así.

¿Y la relación entre los propios internos?

Quizás hayan cambiado las costumbres y rutinas diarias en la relación entre los internos. Ahora se abrazan menos y procuran mantener más las distancias. Ya no se juntan tanto. Esto también puede ser bueno para evitar roces y malos entendidos. Antes era más habitual ver que compartían cigarrillos o bebidas; ahora resulta raro. Por otro lado, con las restricciones de salidas y visitas ha disminuido la entrada de droga en los centros penitenciarios. Esta situación, que en un principio podía ser motivo de estrés y discusiones entre los internos, ha favorecido la estabilidad conductual y ha disminuido el número de altercados que generaba el «trapicheo» con sustancias.

¿Ha dejado la pandemia que los Programas de Atención Especializada sigan su curso habitual o ha comportado alguna novedad?

A pesar de los inconvenientes, el tratamiento especializado y el trabajo de rehabilitación social no se han detenido en ningún momento. Los equipos de tratamiento han seguido y siguen interviniendo. Quizá las mascarillas y las distancias dificultan un poco la comunicación verbal y no verbal, así como la comprensión de personas que tienen dificultades idiomáticas, pero con un poco de voluntad y esfuerzo por ambas partes continuamos con el trabajo de rehabilitación y reinserción social que nos ha encargado la sociedad. Desde mi opinión personal, creo que frente a situaciones amenazantes que afectan a todos por igual, las personas tendemos a unirnos más y a hacer frente al problema de manera conjunta. Al fin y al cabo, todos estamos, actualmente, amenazados y confinados. Nunca podríamos estar más cerca.

 

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