El adolescente que ­pegaba a sus padres

A los 14 años, Marco Antonio decide dejar los estudios. Sus padres, impotentes, buscan la ayuda de un psicólogo, quien enseguida se percata de que el hijo es el rey de la casa o, peor aún, un déspota que no duda en recurrir a la violencia física para conseguir sus fines.

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En síntesis

A los 14 años, Marco Antonio, hijo único, empieza a tener dificultades escolares y decide abandonar el colegio.

Sus padres, angustiados e incapaces de razonar con él, lo envían a un psiquiatra. El adolescente se muestra omnipotente y sus padres parecen perdidos: nunca lograron ponerle límites.

Marco Antonio se volvió violento, sobre todo contra su madre. Este es un niño rey y tirano y necesita psicoterapia.

Hace unos años, poco después del inicio del curso escolar, recibí la llamada de una madre perceptiblemente angustiada. Temía que su hijo, un adolescente con dificultades escolares, dejara aquel año los estudios. También me comentó con voz tenue que el chico tenía «problemas» de comportamiento, mas no entró en detalles. Solicitó una cita cuanto antes para que conociera a su hijo y me reuniera con ella y su marido. De inmediato les hice un hueco en mi agenda.

Unos días después, el joven acudió a mi consulta con sus padres. De aspecto jovial, no mostraba ningún signo de ansiedad o malestar. Antes al contrario, parecía cómodo, sonreía, vestía con estilo: pantalones chinos azul marino, camiseta blanca, sudadera vintage y zapatillas deportivas de una marca muy conocida. Sus padres, en cambio, se encontraban tensos y circunspectos.

El padre, con el ceño fruncido, las cejas levantadas y los puños apretados, tomó la palabra en un tono autoritario y algo forzado: «Ha sido nuestro médico quien nos ha aconsejado que vengamos a su consulta. Cree que nuestro hijo lo necesita». Con una mirada traviesa y una sonrisa en la cara, el hijo parecía analizar mi reacción, mientras su padre añadía: «No le fue bien en el colegio el año pasado y creemos que este año puede ser un fracaso. Nos han dicho que está muy agitado, incluso hiperactivo, y que sería conveniente una evaluación psicológica». Durante esa primera entrevista, la madre apenas habló. Se limitó a asentir sobre cuanto exponía su esposo. Lo único que intercaló con bastante timidez fueron estas palabras: «En casa, la situación es muy dura».

Un hijo muy deseado

El tiempo que pasé a solas con Marco Antonio* al final de esa primera consulta me confirmó su facilidad (o seguridad, incluso) para desenvolverse. «Es cierto, no me gusta el colegio y me pregunto de qué me va a servir. No pienso trabajar y, menos aún, si me lo exigen.» Le pregunté qué quería decir su madre con: «En casa, la situación es muy dura». Respondió sin pestañear: «Bueno, discutimos bastante. No me gusta que me digan lo que debo hacer, y menos que me den órdenes». Terminamos la entrevista con la idea de volver a vernos. «Ya estuve con un psiquiatra», me cuenta. «Al principio me gustaba, pero luego me aburrí y lo dejé.»

En las siguientes entrevistas con toda la familia, recabé información sobre su historia. Marco Antonio, hijo único de 14 años de edad, cursaba en esos momentos tercero de secundaria, pero estuvo a punto de repetir segundo. Su entorno socioeconómico y cultural eran privilegiados. Los padres tenían más de 55 años y trabajaban en el área de la salud: el padre como cirujano en un hospital; la madre era dentista. Según me explicaron, se conocieron durante la carrera y pensaban retrasar la crianza de hijos todo lo que pudieran. «Queríamos aprovechar el tiempo para viajar», me especificó el marido.

Cuando cumplieron los 40 años, resultó difícil que ella se quedara embarazada. La mujer detalló los numerosos problemas y abortos repetidos que sufrió. Tras dos años de consultas ginecológicas y pruebas médicas, la pareja decidió acudir a las técnicas de reproducción asistida. Durante los cinco años siguientes, realizaron varios intentos de inseminación y tres fecundaciones in vitro. El cuarto resultó decisivo: «Era nuestra última oportunidad», subrayó la esposa. «Habíamos empezado a procesar el duelo por no haber sido padres.»

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