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Traumas psíquicos de la guerra de los Treinta Años

Asesinatos, torturas, violaciones. ¿Cómo pudieron las personas que vivieron durante la Guerra de los Treinta Años mantenerse ­psicológicamente sanas? ¿O quizá dejó el horror de esa época huellas psicológicas en la población de entonces y en su descendencia?

«Cuando se sospechaba que se había ocultado oro u otras riquezas, se intentaba obtener información con torturas inimaginables». En su obra The lametations of Germany («Lamentaciones de Alemania»), Philip Vincent describe los métodos de tortura que empleaban los lansquenete en la guerra de los Treinta Años. Entre ellos se encuentra «la cuerda», que consistía en atar una cuerda alrededor de la cabeza de la víctima y retorcerla hasta que le «saltaran los ojos». Colgar al adversario sobre un fuego era otra de las torturas usuales. [Cortesía de la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos, Universidad Yale]

En síntesis

Numerosos documentos de la época de la guerra de los Treinta Años testimonian la aplicación de torturas y violaciones masivas a la población, entre otras crueldades.

La comparación de ese acontecimiento bélico con guerras de los siglos XX y XXI sugieren que las personas de hace 400 años sufrieron traumas psíquicos graves. No obstante, no existen pruebas directas.

Es probable que la fe ayudara a la población a afrontar la crisis. Sin embargo, no se ha ahondado en el estudio de los aspectos culturales en relación con los daños psíquicos de esa guerra.

Para la ciudad alemana de Magdeburgo, la Guerra de los Treinta Años comenzó en otoño de 1630. Con objeto de evitar una recatolización después de la victoria sobre las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico, las autoridades municipales decidieron establecer un pacto con el rey Gustavo II Adolfo de Suecia. Este había arribado poco antes a la isla de Rügen, donde se comportó como el libertador de los protestantes alemanes. Tal actitud no agradó al emperador, puesto que Magdeburgo controlaba el río Elba y la guarnición sueca allí establecida debía facilitar la entrada al enemigo de su imperio. Posiblemente, los soberanos de Sajonia y Brandenburgo, que hasta entonces habían mantenido una postura neutral, buscarían la alianza con el «León de Medianoche».

Ante ese escenario, la autoridad suprema de los ejércitos de la Liga Católica y de las tropas imperiales, Johann Tserclaes, conde de Tilly (1559-1632), asedió con sus tropas la ciudad de Magdeburgo. Mas el comandante sueco rechazó ceder a la rendición. Para los protestantes, la ciudad se convirtió en símbolo de la resistencia.

Pero el 20 de mayo de 1631, el conde de Tilly ordenó el saqueo. En lucha cuerpo a cuerpo, sus soldados lograron penetrar en la ciudad a través de una brecha en la muralla y abrieron algunos de sus portones. Pronto prendieron fuego, y el viento se encargó de extender frentes de llamas por las calles. «Introdujeron a los niños pequeños en el fuego como si de ovejas se tratara, pinchándolos con lanzas para asarlos», explicaba un testigo presencial. A más de 20 kilómetros de Magdeburgo, todavía hay cenizas esparcidas, comunicó más tarde el físico y regidor Otto von Guernicke (1602-1686). «No hubo más que asesinatos, palizas, torturas, garrotazos», señalaba. Según Von Guernicke, a quienes escondieran objetos de valor se les amenazaba con ser «fusilados, lanceados, ahorcados». Los soldados violaron a las mujeres y secuestraron a algunas para utilizarlas como esclavas. Las que morían a causa de las palizas recibidas eran descuartizadas o quemadas y arrojadas al Elba. En una zona determinada del río se veían flotar cadáveres dentro de un remolino de agua durante algún tiempo, «emergían cabezas y también manos extendidas hacia el cielo».

La guerra de los Treinta Años originó innumerables descripciones de este tipo. Con la invasión sueca, que en 1632 alcanzó el sur de Alemania, se quebró el orden en algunas regiones. Algunos informes oficiales relataban escenas indescriptibles. Un labrador hubo de presenciar el fusilamiento de su padre y cómo su madre ardía en un horno de pan. Los soldados cortaron los pechos a una mujer porque no cedió a sus deseos. Llama la atención que hasta nuestros días, las violaciones se incluyen en el repertorio de la guerra, como si el poder sobre el cuerpo femenino hubiera de incluirse dentro de los derechos de un territorio conquistado. Algunos artistas documentaron estas escenas de horror en textos e imágenes. En 1738, el cronista británico Philip Vincent informó a sus contemporáneos sobre la brutalidad de la soldadesca a través de su obra The lamentations of Germany.

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