Víctimas de cultos ­destructivos

¿Cómo trabajan las sectas? ¿Por qué algunas personas caen en sus redes? ¿Existen personalidades más ­vulnerables a este tipo de manipulación?

En 1978, las impactantes imágenes de montañas de cadáveres en mitad de la selva de Guyana dieron la vuelta al mundo. Más de 900 miembros del Templo del pueblo (Peoples Temple) se habían suicidado en masa. [PICTURE ALLIANCE / AP IMAGES / FRANK JOHNSTON]

En síntesis

Los psicólogos hablan de cultos destructivos cuando se coarta la dignidad humana, la libertad de acción y la voluntad de sus miembros.

Las sectas utilizan métodos sociopsicológicos para ganar adeptos. Al principio colman de atención, afecto y reconocimiento al recién llegado.

La mejor protección ante las sectas es no creerse inmune a su influencia. Bajo determinadas circunstancias, la mayoría de las personas corre el riesgo de caer en la trampa.

Noviembre de 1978 en un asentamiento herméticamente incomunicado en medio de la selva de Guyana. El cadáver de Susana yace en el suelo. A su lado, las gotas de un brebaje a base de Valium y cianuro humedecen todavía las paredes de un vaso de cartón. Al menos 900 personas también muertas se amontonan en el lugar; 276 de ellas, niños. Se han suicidado por voluntad de Jim Jones, su guía espiritual, quien les comunicó la orden de matarse a través de unos altavoces; los mismos que utilizó meses antes para propagar su ideología entre los miembros de la congregación. Jones los atemorizaba con mentiras sobre el terrible mundo de ahí fuera. De vez en cuando se tomaba una pausa, pero sus altavoces nunca descansaban. Cuando callaba, una cinta magnetofónica reproducía los mensajes tipo mantra que penetraban en los cerebros de los adeptos del Templo del Pueblo (Peoples Temple), de manera semejante a como, más tarde, un veneno mortal se introducía en sus gargantas.

Marzo de 1997, en una bonita aldea cercana a San Francisco, en California. Un total de 39 cadáveres cubiertos meticulosamente con pañuelos rojos descansan sobre literas. Estas personas complacieron las órdenes de su guía Marshall Applewhite: terminaron con sus vidas. El suicidio colectivo coincidió con el momento en que el cometa Hale-Bopp pasaba por las proximidades de la Tierra. Una nave extraterrestre seguía su estela con el objetivo de salvar las almas de los miembros de la secta Puerta del Cielo (Heaven’s Gate) del apocalipsis terrenal.

Noviembre de 2015, en Renania del Norte-Westfalia. Laila recoge algunas de sus pertenencias con la intención de abandonar Alemania para siempre. Le reconforta pensar en los pasteles que va a cocinar, en su Kaláshnikov, en las románticas puestas de sol del desierto y en la posibilidad de satisfacer su búsqueda de sentido vital en el califato del Estado Islámico. A la misma hora, un avión que transporta el cuerpo de Lucas aterriza en en el aeropuerto de Fráncfort del Meno. El joven cadáver pertenece al hijo de una familia burguesa que ha logrado su meta: morir como un guerrero fundamentalista y alcanzar la vida eterna en el paraíso como mártir.

¿Padecía Susana depresión con tendencias suicidas? ¿Eran los seguidores de Applewhite jóvenes marginados crédulos o esotéricos excéntricos de personalidad débil? ¿Y Laila y Lucas? ¿Se trataba de hijos inmaduros y con pájaros en la cabeza de familias desestructuradas? Los hallazgos descubiertos hasta ahora descartan tales ex­plicaciones. Todas las víctimas eran personas normales y corrientes; ni más ni menos «locas» que el resto de los mortales.

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