Parálisis sin causa

Durante mucho tiempo, los síntomas neurológicos sin una causa orgánica clara se han considerado el reflejo de un trauma psíquico. Investigaciones recientes contradicen este supuesto y allanan el camino hacia nuevas terapias

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En síntesis

Los síntomas para los que no se encuentra ninguna causa orgánica constituyen uno de los motivos más frecuentes por los que los jóvenes acuden a un neurólogo. Entre otros, se trata de problemas motores, parálisis o trastornos de la visión, la audición o el habla.

Con frecuencia, a los pacientes se les acusa de estar fingiendo, pero presentan anomalías en la actividad de determinadas áreas del cerebro. Externamente, el sistema nervioso está intacto, pero no funciona como debería.

Las enfermedades físicas, así como el estrés psíquico, representan factores de riesgo. Un tratamiento interdisciplinario en el que se tengan en cuenta los hallazgos recientes y se apliquen la fisioterapia y la psicoterapia ayuda a muchos afectados.

«En los últimos dos años he pasado de ser una miembro activa y productiva de la sociedad a una mujer prácticamente encamada que necesita ayuda todos los días. Antes corría a diario ocho kilómetros y me encantaba cuidar del jardín. Ahora, en el mejor de los casos, puedo caminar un par de metros con el bastón y sentarme junto a la ventana para observar mi jardín medio arreglado», explica Linda (nombre ficticio) al profesor de neurología Jon Stone. Lo perverso de su situación es que los médicos le confirmaban una y otra vez que su cuerpo estaba completamente sano, pero en las peores fases de su inmovilidad, debía ayudarse de una silla de ruedas y llevar pañales debido a su incontinencia. «Al parecer, soy la mujer de 45 años más sana de la Tierra, pues ni una de las pruebas que me han realizado ha mostrado un resultado anormal», recalca. Ninguna lesión nerviosa, ninguna enfermedad muscular, ningún tumor explicaba su parálisis.

Linda no se encuentra sola en esta situación. Según las estimaciones, en una tercera parte de los síntomas neurológicos que llevan a los pacientes a buscar ayuda médica no se encuentra una causa orgánica. Las alteraciones más frecuentes son los trastornos motores, como temblores, dificultad para caminar o pérdida de fuerza muscular en los brazos, las piernas o el rostro. Pero los problemas también pueden afectar la percepción sensorial y provocar mareos y deficiencias en los sentidos del gusto, el olfato, la vista o el oído, aunque en raras ocasiones se padece ceguera o sordera. Otros afectados sufren crisis similares a una epilepsia. De repente, una parte o la totalidad de su cuerpo se contrae o parece que se abstraen por completo y dejan de reaccionar a los estímulos del entorno. No obstante, al contrario que en una crisis epiléptica, no presentan alteraciones en la actividad cerebral, según se ha comprobado mediante electroencefalografía. Sin embargo, el problema no radica solo en que los pacientes pierden facultades físicas esenciales, sino en que no pueden explicarse a sí mismos ni a quienes les rodean qué les sucede. Ello aumenta su desesperación.

Las molestias para las que los médicos no logran encontrar ninguna causa constituye la razón más frecuente por la que los jóvenes acuden a un neurólogo. Aun así, se trata de un fenómeno todavía relativamente desconocido. A estos síntomas se les suele denominar «psicógenos», «pseudoneurológicos» o, incluso, «sin explicación médica». Pero detrás de ellos existe una larga historia. Para pacientes como Linda, Sigmund Freud (1856-1939) acuñó el término «conversión». En 1894, los describió por primera vez como mecanismos de defensa mentales, mediante los cuales conflictos psicológicos insoportables se trasladan al plano corporal. De esta manera, los deseos inconscientes y reprimidos, así como los sentimientos asociados de miedo, ira, vergüenza y culpa, pueden desencadenar trastornos orgánicos.

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