De los insomnios y sus misterios

Vivencias de un maldurmiente

 

El mal dormir
Un ensayo sobre el sueño, la vigilia y el cansancio
David Jiménez Torres
Libros del asteroide, 2022
151 págs.

 

Pasan los años y el sueño sigue siendo una de las fronteras de la investigación humana. Como sucede con otras funciones fisiológicas básicas, dormir es una experiencia universal que todos vivimos. Es una necesidad circadiana. Contiene un placer efímero que se disfruta en la narrativa del sueño fantástico, en los viajes oníricos en los que volamos a parajes mágicos y gozamos de historias imposibles en vida; se sufre en las pesadillas, cuando emergen nuestros miedos y terrores ocultos; o también, en la mayoría de ocasiones, el sueño simplemente pasa y despertamos ignorantes de su contenido, pero recompensados con un descanso reparador. El descanso nocturno es fundamental para nuestro organismo y para los procesos de aprendizaje y memoria [véase «Secretos del descanso reparador», por Jason Castro; Mente y Cerebro, no 60, 2013].

Pero ¿qué ocurre cuando conciliar el sueño se nos resiste? ¿Qué hacer cuando no podemos dormir, cuando el insomnio se apodera de nuestras noches y lastra nuestros días? Los insomnios son tan diversos como las personas, aunque existen muchas causas y patrones comunes. Sabedor de ello, David Jiménez Torres publica
El mal dormir, un recorrido personal, de insomne clásico, que deleitará en especial a los que compartan su experiencia. Su ágil lectura invita a la risa y a la preocupación, en una suerte bifásica en cuyas pausas les animo a la reflexión científica: ¡cuánto queda por investigar sobre el sueño!

No esperen mucha ciencia en El mal dormir. Acaso encontrarán los retazos de algún estudio científico sobre el sueño y algún listado de consejos, basados en evidencias, para caer más fácilmente en los brazos de Morfeo. El mal dormir es una confesión intimista de Jiménez Torres. Es el breviario de la existencia noctámbula de los que duermen mal, un guiño cómplice a los lectores que alternan días luminosos tras una atípica noche de descanso, con vigilias variadas que, se rellenen como se rellenen, acaban por arrastrar al cansancio. No trata del insomnio grave, pero sí de los insomnios cotidianos y particulares de la mayoría de la población. Esos que, datos en mano, impactan a la par en la salud individual y en las economías mundiales. El autor ha logrado que esa abigarrada legión de insomnes leves — a los que bautiza acertadamente como maldurmientes o maldormidos según el momento narrativo — se sienta comprendida. Tras su lectura, parafraseando el lema del Club de Fútbol del Liverpool: «Insomne, en tu particular Anfield, nunca te desvelarás solo».

Jiménez Torres recorre las etapas del maldurmiente hasta la mediana edad. Revisa así su experiencia con los más variopintos métodos para conciliar o impedir el sueño. Recuerda su etapa estudiantil dependiente de las bebidas energéticas o la cafeína, estimulantes para ganar horas de estudio a la noche, e hilvana posteriormente otros tópicos del insomne, como son la revisión postural propioceptiva (¿qué posición me irá mejor para dormirme?), contar ovejas, la ingesta de melatonina, la meditación y otras alternativas con las que intentar lograr la pócima mágica, aquella que permita «el buen dormir» impuesto en la sociedad actual como dormir del tirón, preceptivas o no, las ocho horas.

Hay una interesante crítica social en El mal dormir. La imposición de horarios vinculados más al liberalismo económico que a la salud, ¿es realmente productiva? ¿No deberían los horarios adaptarse a los biorritmos que benefician al organismo, como se ha demostrado es el caso de la siesta? A modo de ejemplo, Jiménez Torres acude a la historia para recordarnos los testimonios antiguos del sueño bifásico, una realidad para miles de personas que duermen en dos tramos con intermedios en los que, al parecer, podríamos ser especialmente creativos. Por desgracia, el segundo tramo del sueño, aunque se logre conciliar, suele interrumpirlo el despertador. ¿Se debería legislar a favor de una mayor flexibilidad horaria, que conduzca a una sociedad menos cansada? Tal vez así, indirectamente, además de la salud, mejorarían otros aspectos cruciales, entre ellos, el tiempo de calidad que se dedica a los niños y, por supuesto y para alegría empresarial, la productividad.

Jiménez Torres reflexiona sobre qué implica compartir el tálamo con alguien que duerme bien, sobre la experiencia mamífera del sueño y sus raíces evolutivas. Es brillante el enfoque dedicado a los «críos», a cómo se ve alterado el mal dormir (o se genera en quien dormía bien) cuando, ineludiblemente, dormir ya no depende solo de uno mismo, sino que se encuentra supeditado al sueño de otro. En este sentido, quizá por quedar fuera de las vivencias del autor, se soslaya el mal dormir de las personas mayores que, en muchas ocasiones, también depende del sueño ajeno. ¿Cómo conciliar el sueño cuando tu pareja ronca, padece apnea o está conectado a un ruidoso respirador? ¿Qué patrones cambiarían bajo un enfoque gerontológico?

Porque si bien el insomnio es una experiencia solitaria, reitera el autor, el componente social del sueño todavía se debe estudiar mucho más científicamente. Es algo que sorprende dado el impacto social que tienen las consecuencias del mal dormir. Eso sin olvidar la emergente industria del sueño, que salpica de remedios milagro al maldurmiente: ¿deja de probar alguno para evitar la dependencia de benzodiazepinas, a la larga nada recomendables? La solución narcótica, ya sea la droga o el fármaco recetado en trastornos crónicos, no se contempla en El mal dormir. Esa es otra guerra, otra división.

Las evocaciones literarias de Jiménez Torres son muy enriquecedoras, en un trayecto humanístico antitético al de otras obras que han explorado los sueños, caso de clásicos pseudocientíficos superados, como La interpretación de los sueños (1900) de Freud o el posterior psicoanálisis de Jung. No podría ser de otra manera para alguien al que no le importa el contenido del sueño: ¡lo que quiere el maldurmiente es dormir!
Jiménez Torres está por encima de la mística del romanticismo y de las intrahistorias oníricas, que encumbraron a Gérard de Nerval en Aurora o El sueño y la vida (1855), o antes a Novalis en sus Himnos a la noche (1797), aunque este último llegase a defender la superioridad del mundo noctámbulo, basándose en gran medida en sus experiencias en las interfases de su sueño partido. Porque su relato es precisamente la cara B de ese mundo nervaliano, es el agotamiento de la ojera que se opone a la frescura del sueño.

Sin embargo, es inevitable la coincidencia del autor con Albert Béguin, quien en el principio de El alma romántica y el sueño (1939) afirmaba: «Toda época del pensamiento humano podría definirse, de manera suficientemente profunda, por las relaciones que establece entre el sueño y la vigilia. Sin duda, nos admiraremos siempre de vivir dos existencias paralelas, mezcladas una a la otra, pero entre las cuales no llegaremos nunca a establecer una perfecta concordancia». Porque Jiménez Torres, sea consciente o no, es en realidad un maldurmiente romántico que navega por los intersticios de esos dos mundos de vigilia y sueño. El siglo XXI nos empuja a la búsqueda de esa concordancia que a Béguin se le antoja imposible. Jiménez Torres da en el clavo buscando ese punto de encuentro en las rendijas de la noche: en las fronteras de lo humano, lo científico y lo tecnológico.

Deben leer El mal dormir los médicos, los psicólogos y demás expertos en trastornos del sueño. Porque a veces es demasiada la distancia que separa al terapeuta del paciente. Y, aunque personal e intransferible, la experiencia de Jiménez Torres merece ser considerada, pues la comparte todo aquel que haya navegado por el proceloso mar del insomnio. En la soledad del piélago del maldurmiente, este escritor atisba en lontananza una esperanza final: «La llegada de algo extraordinario» que resuelva el singular problema de la conciliación del sueño.

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