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La dieta cetogénica como terapia

Una alimentación baja en hidratos de carbono pero rica en grasas atrae a muchas personas que quieren ­perder peso, pero también podría ayudar a los pacientes con esclerosis múltiple o epilepsia.

La dieta cetogénica se caracteriza por la ingesta de abundantes grasas y proteínas, en forma de nueces y pescado, por ejemplo. [Getty images / vasiliybudarin / iStock]

En síntesis

Desde la Antigüedad se sabe que el ayuno previene los ataques epilépticos. Hace unos cien años, se demostró que una alimentación pobre en hidratos de carbono y rica en grasas tiene un efecto terapéutico similar.

Todavía hoy sigue aplicándose la dieta cetogénica como terapia para los pacientes con epilepsia, sobre todo en los que no responden a los medicamentos.

Este tipo de alimentación también podría reducir los síntomas en pacientes con la enfermedad de Alzheimer o esclerosis múltiple.

Petra Anić, médica en Berlín, no come pan, ni patatas, ni arroz, ni fideos, ni galletas. Incluso renuncia de vez en cuando a las verduras de raíz. En cambio, cada mañana acompaña su café con una cucharada sopera de grasa de coco y mantequilla. También fríe las verduras con una cantidad de grasa que haría palidecer a cualquier amante de la comida ligera. Pero Anić tiene sus buenas razones para alimentarse de semejante manera.

En los últimos años, la llamada dieta cetogénica, o keto, rica en grasas y pobre en hidratos de carbono, ha ganado adeptos como método para adelgazar. Sus defensores aseguran que ayuda a perder peso; además, aumenta la energía vital y mejora el rendimiento intelectual. Pero el motivo de Anić es otro muy diferente: reducir los síntomas de epilepsia y esclerosis múltiple que padece.

Los médicos de la Antigua Grecia ya sabían que la alimentación influye en las crisis epilépticas. En el siglo V a.C., Hipócrates describió el caso de un hombre que, gracias a que dejó de comer y beber durante un tiempo, se libró de los ataques convulsivos. También los textos bíblicos hablan del ayuno como método curativo. En el Evangelio de San Marcos se cita: «Cayó a tierra, se revolvía y echaba espuma por la boca. [...] Y [Jesús] dijo: “Esta condición no puede superarse más que con oración y ayuno”». Seguramente, los creyentes de la época suponían que los ataques epilépticos eran provocados por unos demonios a los que se podía combatir dejando de comer, puesto que de esta forma se les mataba de hambre.

Con todo, no fue hasta principios del siglo XX cuando se empezó a investigar el efecto del ayuno en la epilepsia. En 1921, el médico Henry Rawle Geyelin, considerado pionero en este terreno, presentó su hallazgo en una reunión de la Asociación de Medicina de Estados Unidos (AMA). De los 30 pacientes epilépticos de su estudio que habían dejado de comer durante 20 días, 26 no volvieron a padecer convulsiones.

Por esa época, los médicos aconsejaban el ayuno a las personas que padecían diabetes no congénita, con el objetivo de que disminuyera su nivel de glucosa en sangre (en esos años, la insulina todavía no se usaba como medicamento). Naturalmente, no se podía privar a los pacientes de alimentación por tiempo ilimitado, de manera que los diabetólogos empezaron a experimentar con dietas que contuvieran, en distinta proporción, los tres componentes alimenticios principales: hidratos de carbono, proteínas y grasas. En 1921, el médico de Chicago Rollin T. Woodyatt resumió los hallazgos en un artículo de revisión. Entre otros descubrimientos, explicaba que se habían registrado cuerpos cetónicos (acetona, acetoacetato y ácido betahidroxibutírico) en la sangre de sujetos que habían ayunado. Pero también en participantes que habían seguido una dieta baja en hidratos de carbono y alta en grasas. Algunos investigadores sospecharon que dichos componentes metabólicos habían aportado los efectos beneficiosos del ayuno. Entonces, ¿podría una dieta rica en grasas y pobre en hidratos de carbono sustituir la renuncia completa a comer?

Russell Wilder, diabetólogo de la Clínica Mayo de Rochester, se propuso comprobarlo con pacientes que padecían epilepsia. Los primeros ensayos con la dieta que él mismo, en 1923, bautizó como «dieta cetogénica» revelaron resultados prometedores: el cambio dietético mostró una alta eficacia contra los ataques epilépticos, sobre todo, en los niños con ese problema.

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