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Una aproximación al «yo»

A la pregunta «¿Es usted la misma persona que hace diez años?», la mayoría responderemos sin dudarlo: «Sí». ¿En qué nos basamos? ¿En qué fundamentamos nuestra identidad personal?

¿Somos la misma persona desde que nacemos hasta que morimos? Algunos filósofos lo ponen en duda. [Getty Images / KariHoglund / iStock (fotos de fondo); Getty Images / Adene Sanchez / iStock (bebé)]

En síntesis

¿Somos la misma persona que antes? De esta cuestión se ocupan los filósofos desde la Antigüedad. Mientras que en otras épocas se buscaban las fuentes de la identidad personal, hoy día se debate su existencia.

El hecho de que poseamos o no una identidad perdurable tiene también relevancia en la práctica, pues solo en tal caso las personas pueden ser responsables de sus actos. Al menos, según el pensamiento tradicional.

De acuerdo con John Locke (1632-1704), la identidad se basa en la consciencia subjetiva. Por el contrario, el filósofo Derek Parfit (1942-2017) cuestiona la continuidad de la consciencia a través de experimentos mentales.

En una de las estaciones espaciales que rodean al planeta Solaris, un grupo de investigadores halla a seres con la misma apariencia de personas que una vez conocieron. No solo tienen el mismo aspecto; también se comportan igual, aunque no consiguen ser idénticos. Esa situación lleva a los científicos al límite emocional.

La película Solaris, del director Andrei Tarkowski (1932-1986) y basada en la novela de ciencia-ficción homónima de Stanislaw Lem (1921-2006), nos muestra en qué medida nuestra intuición llega a percibir que cada uno de los congéneres que nos rodean posee una identidad personal única.

En el cine y la literatura abundan las historias en las que esos contornos resultan difusos. También sufrimos cambios importantes tanto física como psíquicamente a lo largo de la vida. Entonces, ¿qué nos hace dar por sentado que nosotros y también los demás somos los mismos desde que nacemos hasta que morimos? ¿O que yo soy la misma ahora que la que aparece en las fotografías de mi infancia? ¿Qué ocurriría si esta apreciación no pudiera sostenerse?

Estas reflexiones pueden resultar inquietantes, pero tienen una relevancia práctica para la sociedad, pues solo si partimos de que una persona es hoy la misma de ayer o de hace un año podemos hacerla responsable de un comportamiento pasado. La cuestión es también relevante para nuestros propios actos, pues a menudo actuamos teniendo en cuenta el futuro, lo cual solo tiene sentido si poseemos una identidad personal duradera.

En filosofía, el asunto se apoya en una larga tradición. Desde la Antigüedad ha supuesto un rompecabezas para los pensadores. «Nadie se baña dos veces en el mismo río, somos y no somos», enunciaba Heráclito de Éfeso alrededor del año 500 a.C.

La cuestión de la identidad disfrutó de una gran popularidad hacia mediados del siglo XVII, sobre todo en la filosofía anglosajona del empirismo. El británico John Locke (1632-1704) fue el primero en analizarla exhaustivamente. Hasta la actualidad, sus reflexiones constituyen la base de la mayoría de los debates sobre el tema.

Para Locke, la consciencia garantiza nuestra identidad como personas. En su obra Ensayo sobre el entendimiento humano, publicada en 1690, defiende que el criterio de identidad depende siempre del objeto, de que en todo momento debe haber una idea central que esté relacionada con el objeto que se observa. Por eso, en las plantas y los animales la idea de «organización de la materia» y «vida individual» resulta decisiva para su identidad, pues dichos aspectos son determinantes para nuestra noción de esos seres vivos.

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