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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2012Nº 54
Retrospectiva

Historia de la medicina

El cerebro del pasado

El estudio del encéfalo humano gozó de especial impulso durante el Renacimiento. Los grabados y dibujos de entonces, y otros algo posteriores, reflejan que los anatomistas, además de extraordinarios científicos y agudos observadores, eran grandes.
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«Qué bello sería ver la propia alma», soñaba en cierta ocasión el filósofo francés François Marie Arouet, más conocido bajo el nombre de Voltaire (1694-1778). Ese afán de conocimiento deja sentirse ya en los sabios de la Antigüedad, para quienes no estaba ni mucho menos claro dónde residía el espíritu humano. Según el parecer de Aristóteles (384-322 a.C.), nuestro órgano central sería el corazón, mientras que la masa blanda situada en el interior de la cabeza funcionaría tan solo como una especie de refrigerador para una sangre demasiado caliente. Sin embargo, otros investigadores de épocas pasadas ya sospechaban que el cerebro nos permite sentir, pensar y decidir.
Hasta la Edad Media, los pensadores creían que su principal fuente de conocimiento era el estudio de escritos antiguos. Tan solo muy pocos, como el médico griego Herófilo de Calcedonia (ca. 330-250 a.C.), empuñaron el cuchillo y comprobaron en persona qué ocultaba un cráneo [véase «Herófilo y la anatomía cerebral», por Helmut Wicht y Hartwig Hanser; Mente y cerebro, n.o 39, 2009].

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