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La testosterona también juega limpio

La "hormona de la agresión" puede lograr que las personas resulten más amables con sus semejantes.

© Fotolia / STOLBTSOV ALEXANDRE

Bocazas en el bar, temerario en la conducción, despectivo con el deportista estrella que se encuentra en baja forma. Se trata del «primate testosterona», la encarnación jactanciosa de la agresividad masculina, el vivo reflejo de la expresión brutal, egocéntrica y antisocial de la testosterona.
Para explorar e indagar más a fondo este fenómeno, Christoph Eisenegger, neurocientífico de la Universidad de Zúrich, y su equipo diseñaron un estudio en el que participaban solo mujeres y en el que tomaban parte en paralelo la testosterona y el dinero, raíz este último de todos los males, como es sabido. Se demostró que si el éxito depende de actuar de una forma equitativa, el aumento en la testosterona no incita a la agresión, sino a la cooperación.
El estudio se basaba en un juego bipersonal sencillo, ya analizado en bastantes ocasiones, en el que los probandos han de repartirse una cierta suma de dinero. Una de las jugadoras proponía, a un solo envite, una forma de repartírse la cuantía. Si la otra participante aceptaba, cada una recibía lo acordado. Mas si rechazaba la propuesta, las dos se quedaban sin nada.
A las mujeres que habrían de plantear el reparto les fue administrada, ora testosterona, ora placebo. Para asegurarse de que la testosterona influyera en el comportamiento, la dosis fue suficiente para multiplicar por 400 los niveles basales de dichas mujeres. Tras la administración, bien de hormona, bien de placebo, se les pidió que tratasen de adivinar qué sustancia se les había administrado.
Las participantes que recibieron placebo, creyendo haber recibido hormona, solo ofrecieron repartos equitativos en un 10 por ciento de las veces, inducidas, tal vez, por prejuicios negativos y estereotipados sobre los efectos de la testosterona. Por otra parte, aquellas que recibieron testosterona pero juzgaron que era placebo, propusieron repartos equitativos en un 60 por ciento de las veces, frecuencia bastante mayor que en los casos de acierto en lo administrado: 30 por ciento para la hormona y 50 por ciento para el placebo.
En definitiva, explica Eisenegger, los efectos de la hormona dependen del contexto. Al parecer, la testosterona alienta la ambición de victoria cualesquiera que sean los medios para lograrla. Si la meta consiste en ser el rey del monte, las fuertes concentraciones de testosterona pueden llevar a la agresión verbal o física. Pero si el premio consiste en el mutuo beneficio, esa misma hormona engendra colaboración.

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