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1 de Septiembre de 2009
Propiocepción

La percepción de sí mismo

Haciéndole creer a la mente que ya no posee un miembro, las funciones corporales desvarían.
© Fotolia / Robert Lehmann
Mire hacia abajo. Su mente sabe que el cuerpo que está mirando es el suyo. Pero, ¿y si fuera posible confundirla y hacerle creer que una de sus manos pertenece a otra persona? En la Universidad de Oxford provocaron hace poco esa percepción falsa valiéndose de una ilusión. Y se comprobó que, cuando una persona se sentía disociada de una de sus extremidades, su cerebro le dedicaba menor potencia de procesamiento a ese miembro, e incluso se entrometía en su regulación térmica. Tales observaciones, sumadas a otros estudios sobre desmembramiento, inducen a pensar que el control que puede ejercer la mente consciente sobre funciones corporales básicas es mucho mayor de lo creído.
La ciencia de las experiencias extracorpóreas pudo haber nacido con un truco improvisado en una fiesta de amigos. En 1998, Matthew Botvinick, de la Universidad de Pittsburgh, asistió a una reunión en la que la anfitriona, formando parte de un disfraz de Halloween, llevaba una mano de goma. A Botvinick, que se interesa por las formas en la que distinguimos nuestro cuerpo de otros objetos, se le ocurrió un experimento. Le pidió a otro invitado que ocultase una de sus manos tras una pantalla opaca; después, colocó la mano de goma al lado de la pantalla, a la vista de esa persona. Entonces Botvinick rozó simultáneamente con sendos pinceles la mano oculta y la mano de goma, el sujeto sintió como si la mano de goma fuese suya. Así nació la "ilusión de la mano de goma".
Pero, ¿cómo funciona la ilusión? La visión del toque en la mano de goma "se adueña del sentido del tacto en la mano auténtica del sujeto", explica Manos Tsakiris, de la Universidad de Londres. "La ilusión de la mano de goma demuestra que la integración de sentidos diferentes cuenta con potencia suficiente para engañar al cerebro y hacer que éste trate a una mano falsa como propia", afirma.
Hace dos años se aplicó una táctica similar para falsificar una experiencia extracorpórea de cuerpo entero: se les proporcionaron a los probandos unas gafas en las que se reproducían "en directo" tomas de dos cámaras de vídeo separadas a la distancia interocular pero situadas a un par de metros por detrás de los sujetos. El experimentador se hallaba en pie al lado del probando y tocaba, mediante sendas varillas, el torso real del probando y el "torso ilusorio", el espacio que le correspondería a otra persona cuyos ojos se encontrasen ubicados justamente donde las dos videocámaras. Al cabo de un par de minutos, los sujetos empezaron a sentir como si estuvieran sentados a dos metros por detrás de la auténtica ubicación de sus cuerpos.
Cuanta mayor es la intensidad con la que una persona experimenta ilusiones de ese tipo, más acusada es la actividad en la corteza premotora y en la corteza parietal de su cerebro, responsables de integrar la información sensorial y de movimiento. También resultan afectados los circuitos de temor del cerebro; aunque los sujetos saben que están experimentando una ilusión, se vuelven protectores de su nueva parte del cuerpo. Cuando los experimentadores amenazaron la falsa mano, las áreas cerebrales asociadas a respuestas ante la amenaza, y las correspondientes a huida o retirada, se volvieron más activas.
En el último de los estudios traídos a colación, los científicos de la Universidad de Oxford se valieron de la ilusión para averiguar qué le ocurre a la mano "desposeída". Inmediatamente después de que el cerebro empiece a considerar como propia la mano de goma, la temperatura de la mano desposeída desciende (mientras que el resto del cuerpo sigue siendo la misma). Cuando un experimentador toca la mano desposeída, el cerebro del sujeto responde más lentamente que cuando la tocada es la otra de sus manos auténticas. Estos resultados llevan a conjeturar que, cuando el cerebro se olvida de un miembro, el cuerpo responde en consecuencia.
Los problemas de regulación térmica asociados a una enfermedad siempre han sido atribuidos a deficiencias en el sistema nervioso central, nunca al pensamiento por sí solo. Pero estos nuevos resultados ofrecen la pasmosa sugerencia de que también sea posible el control consciente. Los experimentos, basados en ilusiones, podrían ayudar a saber qué debe hacerse para que quienes han sufrido amputaciones acepten que las prótesis constituyen partes "reales" de sus cuerpos; vendrían después tratamientos para personas que dejan de considerar como propios a sus miembros, caso de quienes han sufrido apoplejías, que a menudo no reconocen ya como propias las partes paralizadas de sus cuerpos.
En última instancia, tal vez resultase posible el tratamiento de enfermedades incurables mediante la modificación de la forma en que la persona percibe su propio cuerpo.

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