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Actualidad científica

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  • Marzo/Abril 2019Nº 95
Retrospectiva

Retrospectiva

Bandura y su muñeco Bobo

Mediante un tentetieso con cara de payaso, el psicólogo Albert Bandura demostró que el comportamiento agresivo de los niños se puede modelar.

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En los años cuarenta del siglo pasado, embriagarse y jugar parecían ser los únicos pasatiempos posibles en Yukón, territorio al noroeste de Canadá. Albert Bandura, por entonces adolescente y futuro psicólogo de renombre, se ganaba algo de dinero vigilando las carreteras de Alaska. A ese período de su vida se remonta su interés por el comportamiento humano.

Albert Bandura, considerado actualmente el psicólogo vivo más destacado y el cuarto más citado después de Skinner, Freud y Piaget, según una encuesta realizada entre sus colegas, nació un 4 de diciembre de 1925 en Alberta, una de las provincias que forman la Confederación canadiense. De joven, sus padres, una pareja de inmigrantes procedentes de Polonia y Ucrania, le alentaron para que encontrase intereses que lo alejaran del pequeño pueblo en el que se había criado. Un curso de psicología que eligió con la única intención de llenar un hueco en el horario escolar le abrió nuevos horizontes y lo llevó a apasionarse por esta disciplina.

 Después de completar la licenciatura de psicología en la Universidad de la Columbia Británica, el «chico polaco» obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Iowa, en aquel momento uno de los ejes de la investigación psicológica mundial. Allí, en 1952, se doctoró bajo la dirección de Arthur Benton, uno de los fundadores de la neuropsicología moderna.

De aquella formación orientada hacia la biología de la mente, Bandura aprendió el valor del método experimental y la necesidad de someter cualquier teoría a la validación de un experimento. En aquellos años, se trataba de una visión pionera, sobre todo en el campo de los estudios sobre la conducta. En 1953, obtuvo una cátedra en la Universidad Stanford, cargo que continúa ocupando hoy en día con un título honorífico como reconocimiento de su contribución fundamental a la historia de la psicología.

En la primera fase de su carrera como investigador, se concentró en el aprendizaje, un tema de gran actualidad en los años cincuenta. Su interés se centraba principalmente en la agresividad y en la manera en que los niños aprenden a luchar contra sus instintos. Creía firmemente en la teoría del aprendizaje social y consideraba esencial el modelo basado en el ambiente. Según esta teoría, existen tres mecanismos de regulación del comportamiento. El primero se basa en los antecedentes: lo que pasó en situaciones análogas influye en la conducta posterior. El segundo tiene en cuenta la posible retroalimentación, es decir, las consecuencias de un comportamiento particular: el castigo actúa como elemento disuasorio para su repetición y la recompensa confirma su estabilidad. Por último, para un buen aprendizaje social son esenciales las funciones cognitivas superiores: puede ocurrir, por ejemplo, que los individuos actúen de modo agresivo en relación a categorías que ya han cuestionado anteriormente y que eso requiera la activación de la memoria y de un proceso de aprendizaje.

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