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Actualidad científica

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  • Marzo/Abril 2019Nº 95

Filosofía

La falta de lógica de la vida

El conocimiento, el tiempo, la identidad o la verdad. Si se observan de cerca, estos conceptos, en apariencia claros, se revelan sumamente enrevesados.

Menear

Después de que Sócrates, el padre de la filosofía occidental, discutiera un buen rato sobre la esencia de la virtud con Menón de Farsalia, este planteó al famoso pensador la siguiente pregunta: «¿Y de qué manera buscarás, oh, Sócrates, aquello de lo que ignoras totalmente qué es? ¿Cuál de las cosas que ignoras vas a proponerte como objeto de tu búsqueda? Porque si de verdad la encontrases, ¿cómo advertirías que es esa la que buscas, puesto que no la conocías?». Sócrates advirtió que Menón quería colocarle ante un dilema. O bien uno ya conoce aquello que quiere conocer, o bien no lo conoce. Si ya lo conoce, entonces es innecesario buscarlo. Si no lo conoce, en cambio, la búsqueda es imposible, pues no se puede encontrar lo que no se conoce.

La situación que describe Platón, filósofo griego y discípulo de Sócrates, en el dialogo Menón se ha dado en llamar la paradoja del conocimiento. Las paradojas son proposiciones que derivan de una argumentación en apariencia sólida pero que entran en contradicción con las opiniones más aceptadas y son contrarias al sentido común cotidiano o a los patrones de pensamiento convencionales. Como en el ejemplo descrito sobre la conclusión demoledora que es imposible alcanzar jamás un conocimiento verdadero sobre algo.

A veces, lo que a primera vista parece una paradoja se destapa, tras un análisis más exacto, como una mera contradicción aparente que se puede resolver. Es el caso también de la paradoja del conocimiento, la cual, examinada con atención, se revela como una falacia. Menón se aprovecha de la ambigüedad de la expresión «conocer lo que se quiere conocer». Dicha expresión puede querer decir dos cosas: que se conoce cuál es la pregunta para la que se busca la respuesta («¿A qué hora sale el tren para Múnich?»); o, por el contrario, que ya se conoce la respuesta («A las diez»). Si ya conozco la respuesta a la pregunta, no tengo que seguir buscándola, es obvio. Si no conozco la respuesta, pero sí al menos cuál es la pregunta, entonces conozco en todo caso lo que tengo que buscar y cómo debo buscarlo. De esta manera, la paradoja de Menón desaparece.

A pesar de que la paradoja del conocimiento constituye una argumentación especiosa (los filósofos hablan también de sofisma), en realidad encierra un problema más profundo. Solo puede alcanzar el conocimiento aquel que sabe cómo obtenerlo. Con ese fin se necesitan métodos y criterios fiables para encontrar una respuesta correcta a una pregunta, lo mismo que para reconocer si es correcta. En las ciencias empíricas, por lo general, esto no es un problema. En ellas disponemos de procedimientos estándar que permiten obtener nuevos conocimientos. Cuando un químico quiere saber cómo reacciona el potasio con el agua, sabe lo que debe hacer: introducir un poco de potasio en una cubeta con agua y observar lo que ocurre.

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