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1 de Marzo de 2019
Reseña

Neuroexistencialismo

La angustia existencialista desde la neurociencia


NEUROEXISTENTIALISM
MEANING, MORALS & PURPOSE­ IN THE AGE OF SCIENCE
Dirigido por Gregg D. Caruso y Owen Flanagan
Oxford University Press, Oxford, 2018


¿Qué hacer cuando se nos afirma que la mente no es más que el producto del cerebro, que el cerebro no es más que un producto de un universo físico? ¿Cómo reaccionar ante la declaración de que el libre albedrío no existe? ¿Cómo otorgar significado a nuestros actos cuando se proclama que no son más que una suma de mecanismos biológicos, orgánicos? Esos enunciados producen ansiedad existencial, reconocen los neurocientíficos. Una inquietud que no es nueva en la historia de la filosofía y que se expresa en conceptos tales como libre albedrío, amor y moral. La novedad estriba en que esas cuestiones han pasado a ser objeto también de inquisición científica.

Como resulta obligado, al pasar al terreno de la ciencia los problemas fundamentales que todo hombre se plantea quedan sometidos al método científico. Un método que necesita buscar en la contrastación empírica sus hipótesis y propuestas teóricas. El primer paso es el de establecer su existencia y su mecanismo de acción. Tomando por ejemplo el libre albedrío, se citan a este respecto las investigaciones de Benjamin Libet, Daniel Wegner y John-Dylan Haynes. Las explicaciones de la ciencia son causales, deterministas, al menos como ideal. Ligado al problema del libre albedrío, está el de la respon­sabilidad moral, en particular en los actos criminales. Si la ciencia demostrase que no existe libre albedrío, tampoco habría responsabilidad moral, ni cabría condenar a nadie por los delitos que cometiera. Tal es el núcleo de Neuroexistentialism, que reúne una gavilla de filósofos, neurocientíficos, científicos cognitivos y expertos en derecho para abordar y explorar lo que las ciencias de la mente pueden indicarnos sobre emoción, autonomía, conciencia, egoísmo, libre albedrío, responsabilidad moral, amor y significado de la vida.

Libro centrado en la neurofilosofía, un campo en efervescencia, toma como punto de apoyo el existencialismo y sus manifestaciones a lo largo del último siglo y medio. Esa corriente filosófica centra su atención en los fundamentos del sentido de la vida, de la moral y de la intención de nuestras acciones. Expresa la angustia de una falta de respuesta sólida y satisfactoria. La búsqueda de una explicación plausible de la razón de esas inquietudes es una tarea quijotesca, de quien alancea molinos de viento. Jean Paul Sartre anduvo en lo cierto cuando afirmó que el existencialismo no era un humanismo. Los existencialismos son respuestas a indigencias reconocibles de la autoimagen de una persona causada por mecanismos sociales o políticos. Constan de dos etapas: admisión de la ansiedad tras el análisis de sus causas y adquisición de una imagen menos angustiada y más esperanzada de la persona.

En el curso de la historia de la filosofía se han sucedido tres tipos de proyectos fundantes, basados, respectivamente, en la trascendencia, en una visión compartida del bien colectivo y en la ciencia. El existencialismo de primera generación fue el de Soren Kierkegaard, Fyódor Dostoyevsky y Friedrich Nietzsche, que expresaba la ansiedad que suponía dejar el significado de la vida del hombre y la moral en la trascendencia divina y en la buena voluntad.

A ese momento le sucedió el de segunda generación o segunda ola de existencialismo, representado por filósofos ajenos a toda trascendencia: Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir. Fue la respuesta de un mundo que ha conocido el holocausto y que solo confía en sus propias fuerzas, o mejor, en sus propias limitaciones, que fía en una visión secular positiva del bien común su fundamento o asiento. Inexplicablemente, en esta colección de ensayos, la figura clave y sistematizador del pensamiento existencialista, Martin Heidegger, no aparece aquí con la centralidad que merece. Otros sencillamente están ausentes, como Gabriel Marcel. Lo que refleja un sesgo en la elección, que resta objetividad al libro.

Por fin, el existencialismo de tercera generación desarrollado en respuesta a los avances en neurociencias que amenazan los últimos vestigios del yo subjetivo. Con el creciente poder explicatorio y terapéutico de la neurociencia, la mente ha quedado desguarnecida, al reducirla a un interrogante cerebral, de neuronas, sinapsis y redes. ¿Es posible explicar el significado existencial con esos mimbres? ¿Cómo cabe concebir el sentido de la vida en términos neurocientíficos? La verdad es que las respuestas no llegan desde el campo de la ciencia, sino desde el flanco de la filosofía, con la orientación naturalista o materialista en que los firmantes militan. Un naturalismo que no deja espacio para normas ni valores objetivos, sino que cada sujeto ha de buscarse sus propias tareas y metas.

De acuerdo con la tesis del libro, el ser humano es un animal gregario, social, que, por evolución, desciende de otros animales en la escala filogenética y que ha alcanzado una suerte de disposiciones y rasgos contingentes a partir de esos orígenes ancestrales. Nuestro sino es el sino de otros animales. El sentido de nuestra vida es el sentido de la vida de otros animales. Esa tesis se desarrolla en secciones dotadas de una manifiesta lógica interna: tras explicar la naturaleza del neuroexistencialismo y su relación con los dos existencialismos precedentes, se explica de qué modo la tercera ola pone de relieve el contraste entre la visión humanística y la visión científica del hombre. Viene luego una investigación de las causas y condiciones de florecimiento de seres materiales que viven en un mundo material, cuya autocomprensión incluye la idea de que tal mundo es la única clase de mundo que existe y que, por ende, el sentido y significado de su vida, si es que tal cosa existe, ha de hallarse en ese mundo.

A modo de síntesis de las propuestas del libro, recojamos lo que expone Michael Gazzaniga, en el capítulo 12: «Somos animales poderosos con cerebros que pueden realizar cada acción automáticamente. Somos una sopa de disposiciones controlada por mecanismos genéticos. Los humanos poseemos una cosa llamada “intérprete”, alojado en el hemisferio izquierdo, que teje una historia sobre cómo sentimos y cómo actuamos de la forma en que actuamos. La narración autoconsciente es lo que el cerebro hace.» Sin embargo, propone que la responsabilidad no se encuentra en el cerebro, sino que sería una consecuencia necesaria de la interacción entre individuos.

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