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1 de Marzo de 2019
Filosofía

«Nuestro mayor problema es la incertidumbre»

El psicólogo Joachim Funke nos explica por qué la invitación a pensar de manera lógica fracasa ante las exigencias de la vida cotidiana.

Joachim Funke nació el 1953 en Düsseldorf y estudió filosofía, filo­logía alemana y psicología en Düsseldorf, Basilea y ­Tréveris. Desde 1997 es profesor de psicología general y teórica en la Universidad de Heidelberg. Su área de estudio principal es la psicología de la resolución de problemas. [Gehirn und Geist / Philipp Rothe]

Profesor Funke, la falta de lógica está firmemente asentada en nuestras vidas. ¿Pensamos con frecuencia de manera incorrecta?

Antes que nada, es preciso preguntar qué se entiende por «pensar de manera correcta». Esta expresión implica, por un lado, que desde el primer momento está claro cómo se mide tal cosa. Por otra parte, que es mejor, naturalmente, evitar errores de pensamiento. Creo, sin embargo, que este es el primer error de pensamiento que cometemos, pues, en realidad, es prácticamente imposible evitar ciertos prejuicios y conclusiones precipitadas. Por ejemplo, no se pueden eliminar fácilmente tendencias como el sesgo de confirmación, por el que damos más crédito a aquellas informaciones que se ajustan a nuestras propias expectativas, o la ley de los pequeños números, por la cual tomamos demasiado rápido unas pocas observaciones particulares como representativas.

¿Saber que existen trampas de este tipo no nos ayuda, por tanto, a evitarlas?

No, en la mayoría de los casos. Esto, por ejemplo, es lo que muestran estudios que revelan crudas falacias, incluso entre los expertos más entendidos. A menudo, caen en las mismas trampas de razonamiento que los inexpertos. Sucede como con las ilusiones ópticas: aunque sé perfectamente que la luna en posición cenital no es más pequeña que cuando se encuentra cerca del horizonte, la veo, en los dos casos, de manera completamente distinta. El haber estudiado la mejor carrera de psicología no altera para nada esta percepción. [Ríe]

Sin embargo, el criterio más frecuente para identificar un pensamiento correcto es su corrección lógica. ¿O no es así?

Sí, y seguro que hay áreas en las cuales la corrección lógica es pertinente. Si yo afirmo, por ejemplo, que dos más dos es igual a cinco, usted puede demostrarme matemáticamente que me equivoco. No obstante, en nuestra vida cotidiana no se trata, la mayoría de las veces, de pensar de manera formalmente correcta, sino de pensar en términos de preferencias, de juicios, como por ejemplo «¿Qué es lo que me gusta?» o «¿Qué es lo que de verdad quiero?», o bien en términos de probabilidades. Nuestro mayor problema reside en que debemos adaptarnos continuamente a la incertidumbre, y para ello las reglas generales, aunque sean rudimentarias, resultan totalmente útiles.

¿En qué medida?

En la medida en que debemos tomar decisiones casi siempre bajo condiciones difíciles, bien porque no disponemos de toda la información necesaria, o bien porque debemos actuar rápido, o porque las consecuencias futuras de nuestras decisiones dependen de un número excesivo de factores. Las reglas generales nunca harán justicia a todos los casos particulares, pero brindan un buen compromiso entre coste y beneficio. A menudo, no podemos deliberar con la exactitud que sería quizá necesaria, sino que debemos decidir un asunto con celeridad.

 

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