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1 de Enero de 2015
Reseña

Memoria sensorial

Bases neurales del efecto Proust.

THE PROUST EFFECT. THE SENSES AS DOORWAYS TO LOST MEMORIES
Por Cretien van Campen. Oxford University Press, Oxford, 2014.


Sensaciones y sentidos evocan, de forma enérgica y emotiva, recuerdos de nuestro pasado. Las emociones liberadas pueden ser positivas (placer y felicidad) o negativas (miedos y aversiones). El sabor o el gusto de un dulce desencadenan una respuesta muy intensa que nos devuelve a la infancia; una balada que creíamos olvidada nos transporta a la adolescencia. Los recuerdos sensoriales afectan a todos los sentidos. Un sonido, un paisaje o un suave rozamiento pueden evocarnos experiencias intensas de nuestra historia vivida.

Hace aproximadamente un siglo, el novelista francés Marcel Proust (1871-1922) describió esas vivencias en su obra A la recherche du temps perdu, donde relata cómo el olor y sabor de una magdalena devuelven a la infancia al protagonista, a sus colores, sabores y sentimientos. Es el hilo que le conduce al pasado. La ciencia se ha interesado también por el «efecto Proust», y estudia las bases neurológicas de la evocación de recuerdos y su aplicación, por ejemplo, en el campo de la recuperación de la memoria. Por efecto Proust se entiende la liberación vívida, emotiva, involuntaria e inducida por los sentidos de acontecimientos del pasado.

No existe, en neurociencia, la memoria como entidad única, sino que poseemos varios sistemas interrelacionados de memoria. Hay memoria a corto plazo y memoria a largo plazo; memoria para los actos automáticos (conducir un coche) y memoria consciente; memoria para las emociones y memoria para nuestra historia personal, y muchas más. Cada tipo de memoria sigue su propia trayectoria en el cerebro. A menudo, esas memorias se entrecruzan. Sucede así, por ejemplo, cuando escuchamos, mientras conducimos, una vieja canción que nos resulta entrañable y nos olvidamos de cambiar la marcha.

La memoria a largo plazo utiliza dos fuentes: la memoria semántica y la memoria autobiográfica. Recurrimos a la primera para recuperar un conocimiento general (qué día es y dónde estamos). En la segunda almacenamos los recuerdos relacionados con acontecimientos de nuestra vida (por lo que se denomina también memoria episódica). La memoria autobiográfica se manifiesta a su vez en forma explícita y en forma implícita. La memoria explícita mantiene consciente la información factual sobre hechos pasados. La memoria implícita expresa recuerdos que se prestan menos a ser ahormados en palabras; pensemos en los gestos o en los sentimientos. La memoria implícita se abastece de diversas fuentes, como la memoria emocional y la memoria motora. La memoria emocional expresa sentimientos físicos, estados de ánimo y otras emociones. De acciones que no alcanzan la conciencia es responsable la memoria motora.

En los recuerdos sensoriales intervienen diversas áreas del cerebro. Sabido es que, en el curso evolutivo, el cerebro ha configurado una estructura dividida en tres partes: tallo cerebral, o cerebro reptiliano, que controla la respiración, la circulación sanguínea, el estado de alerta y el sueño, entre otras funciones vitales; sistema límbico, que se hunde en el cerebro y desempeña una labor destacada en las funciones emocionales y conductuales (el cuidado de la progenie, la lucha o la respuesta de huida, el miedo o el amor); y corteza cerebral, o neocorteza, la región más potente del cerebro.

La corteza cerebral se divide en hemisferio izquierdo y hemisferio derecho. Cada uno se subdivide, a su vez, en cuatro lóbulos: lóbulo frontal, lóbulo parietal, lóbulo temporal y lóbulo occipital. Los lóbulos cumplen funciones específicas. Corresponde al lóbulo frontal la función de coordinar la recogida de información, la toma de decisiones y la dirección de movimientos. Las taras sensoriales descansan sobre otros lóbulos. El lóbulo temporal controla la audición; el parietal, el sentido del tacto, y el occipital, la función visual. El sentido de la olfacción y el gusto se hallan distribuidos por diferentes regiones del cerebro, la más importante de las cuales reside en el sistema límbico.

Las amígdalas añaden coloración a las sensaciones al ordenar la liberación de hormonas asociadas con las emociones. Intervienen en el almacenamiento y recuperación de las impresiones. Pero, en rigor, las emociones adquieren gradualmente forma merced a la actuación del hipocampo, situado próximo a la amígdala y responsable de organizar los recuerdos. A él le compete reunir las trayectorias de los recuerdos que se dirigen hacia distintos dominios o proceden de diversos puntos. El hipocampo presenta una limitación: sugiere solo posibles direcciones, pero no distingue entre pasado, presente y futuro.

¿Cuáles son las trayectorias cerebrales recorridas en el proceso mnémico? Aunque se tardó mucho tiempo en redescubrir el efecto de Proust, el primer estudio científico del fenómeno se produjo al poco de la aparición de la ficción literaria. En una investigación psicológica llevada a cabo en la Universidad neoyorquina Colgate, en 1935, se preguntó a 254 personas (varones y mujeres) si habían sentido alguna vez que la percepción de un aroma les evocaba un recuerdo infantil intenso. Una mayoría reconoció haber pasado por esa experiencia, con predominio de las mujeres sobre los varones. Uno de cada cinco varones reconocía el recuerdo del aroma, frente a nueve de cada diez mujeres capaces de lograrlo. La memoria sensorial suele comenzar con un estado de ánimo y un sentimiento indefinidos que el sujeto no acierta a identificar y ubicar. Solo más tarde se percata del mismo y le confiere el contexto originario, con sus impresiones para revivir de nuevo la experiencia.

¿Pueden los estímulos sensoriales despertar recuerdos distintos de los evocados por las palabras? Medio siglo después del experimento de Nueva York, David Rubin y sus colegas, de la Universidad Duke, se aprestaron a someter a prueba experimental varias hipótesis entonces en boga. Los investigadores presentaron a un grupo de estudiantes quince olores familiares en tres formas: olores que se ofrecían a la olfacción, imágenes que representaban olores y textos escritos que describían olores. A los voluntarios se les preguntó cuán reales les parecían o cuán agradables les resultaban tales estímulos. El análisis estadístico de las descripciones no reveló diferencias notables entre las reacciones ante los olores reales, las representaciones o los textos. La única divergencia estribaba en que los olores reales evocaban con mayor frecuencia un recuerdo que el sujeto pensaba que había perdido para siempre.

A finales de los años noventa, Simon Chu y John Joseph Downes, de la Universidad de Liverpool, descubrieron que el efecto Proust no se hallaba vinculado a una edad determinada. Visitaron a un grupo de ancianos con un promedio de edad de 70 años e investigaron sus recuerdos olfativos. A los probandos se les presentaron dos tipos de estímulos: aromas reales y palabras relacionadas con un aroma; se solicitó de ellos que describieran los recuerdos promovidos por los estímulos en cuestión. Anotaron el año del recuerdo evocado. Los análisis mostraron que la olfacción de olores reales evocaba unos recuerdos más antiguos que los evocados por las palabras relacionadas con aromas: los olores despertaban recuerdos que se remontaban a entre los seis y los diez años de edad de los sujetos, mientras que las palabras retrotraían el recuerdo de los once a los veinticinco años. Otros investigadores han sostenido que los recuerdos infantiles emotivos, en particular los traumáticos, son difíciles de evocar a través de los textos (relatos, diarios), pero pueden despertarse utilizando claves situacionales, como las percepciones y sensaciones del entorno.

¿Por qué perdemos los recuerdos de nuestra infancia? Para la mayoría de los adultos, la edad de los primeros recuerdos se reseña en torno a los tres años, aunque hay diferencias muy pronunciadas entre unos individuos y otros. El número de recuerdos de los siete primeros años es menor de lo que cabría suponer de una erosión normal, lo que significa que se produce una tasa acelerada de olvido por lo menos hasta los once años. ¿Difieren de las memorias verbales las memorias sensoriales? Rachel Herz y su equipo, de la Universidad Brown, acometieron, a comienzos de los noventa, una serie de experimentos en los que demostraron que los recuerdos olfativos no eran verbales. Solicitaron a los voluntarios que oliesen diferentes aromas y describieran los recuerdos que estos desencadenaban. En un tercio de los casos, los voluntarios se mostraron incapaces de verbalizar el aroma.

¿Existe una explicación neurológica de las observaciones de Proust? Para Joseph Le Doux, los sucesos emotivos dejan su huella en dos sistemas mnémicos: por un lado, el sistema de memoria consciente, que registra los hechos de los acontecimientos (quién, qué, dónde, cuándo), y, por otro, el sistema de memoria que registra las emociones e impresiones del suceso en el subconsciente. Le Doux describía esos dos sistemas como memoria explícita y memoria implícita, respectivamente. Hay varias regiones cerebrales implicadas. Hemos adelantado el papel de la amígdala en la coloración emocional de experiencias y recuerdos mediante la liberación de hormonas. Posteriormente, el hipocampo añade sustancia a la memoria, mediante la activación de vías mnémicas hacia partes del cerebro que procesan los sentidos. Los recuerdos se hallan ampliamente distribuidos en el cerebro. El hipocampo, esencial para nuestra orientación espacial, ayuda a recuperar esos recuerdos. En el hipocampo se generan nuevas neuronas, que se integran sinápticamente y aportan sustrato potencial para un nuevo aprendizaje.

No olvidemos, en efecto, que los mecanismos neurales subyacentes a los recuerdos implican mecanismos de plasticidad sináptica, tales como la potenciación a largo plazo y la depresión a largo plazo. El efecto Proust resulta prácticamente imposible de demostrar en el laboratorio, porque se presenta de manera involuntaria y no puede aprenderse por adelantado.

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