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  • Noviembre/Diciembre 2016Nº 81
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Etología

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Comunicación animal

Karl von Frisch y la descodificación del lenguaje de las abejas.

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THE DANCING BEES. KARL VON FRISCH AND THE DISCOVERY OF THE HONEY BEE LANGUAGE
Tania Munz
Chicago University Press, Chicago, 2016


Un naturalista al uso observará, en la obscuridad de la colmena, cómo decenas de miles de abejas se reparten las tareas a un ritmo de frenesí. Unas atienden a las crías, otras limpian las celdillas y otras se dedican a labores de reparación. Las hay que protegen la entrada frente a intrusos; las que salen al encuentro de las forrajeras que vuelven con el néctar recolectado. Reciben a sus hermanas regurgitando el alimento y trasladándolo a celdas de aprovisionamiento. Otras se adentran en el panal con las patas traseras cargadas de polen y lo sueltan en celdas destinadas a ese fin. Una cohorte de sirvientas acompañan a la reina en su desplazamiento por la intrincada maraña de cuerpos, mientras va depositando huevos por las celdas. A los tres días, de los huevos emergen larvas vermiculares; permanecen ancladas en sus celdillas, donde se alimentan. A los nueve días, las larvas multiplican por mil el peso del huevo. Las obreras sellan las celdas de las larvas. Allí encerradas entran en fase de pupa, en que ni comen ni beben. Llegado el día vigésimo primero, ha terminado la transformación y surge una obrera nueva. Para dar un paso más y descifrar, entre movimientos y zumbidos, su lenguaje se necesitaba algo más que un observador ocasional. Durante siglos los apicultores habían observado esos movimientos curiosos en las colmenas y hasta hubo quien especuló sobre la posibilidad de un lenguaje de las abejas empleado para gestionar el trabajo en la colmena.

En enero de 1946, mientras Europa yacía arrasada bajo los escombros, Karl von Frisch (1886-1982) escribía una carta al etólogo Otto Koehler. Le hablaba en ella de sus sensacionales descubrimientos sobre el lenguaje de las abejas. En los dos veranos precedentes, había descubierto que las abejas de la miel comunican a sus compañeras de colmena a qué distancia y en qué dirección se encuentran las fuentes de alimentación. Lo hacen por medio de danzas que ejecutan tras retornar de su vuelo de forrajeo. Le escribía que los insectos mostraban unas fuentes cercanas en una danza circular y unas fuentes lejanas con una danza de coleteo, en forma de ocho. El segmento de trazo recto de esta última contenía información sobre la dirección de la fuente y la frecuencia de sus vueltas guardaba relación con la distancia: a menor distancia, mayor rapidez de la danza. Terminaba con Frisch su carta: «Si piensas que estoy loco, te equivocas de medio a medio; pero podría entenderlo».

En el comienzo de su carrera se centró en la visión del color, iniciando el trabajo con los peces, para pasar muy pronto a las abejas. En unos experimentos elegantes, mostró que las abejas podían distinguir el verde, azul y amarillo, pero no el rojo. En 1917 advirtió que una abeja que había encontrado una fuente sustanciosa de comida parecía comunicar el paradero a sus compañeras de colmena. Posteriormente, usando una colmena especial de cristal, Von Frisch observó algo delicioso. A la vuelta del forrajeo, las abejas se entregaban a unas danzas curiosas. La interpretación de tales danzas iba a ocuparle el resto de su vida.

Pocos investigadores cuestionan ahora que uno de los hitos científicos más notables de todos los siglos ha sido el descubrimiento del lenguaje de las abejas a través de la danza. Forrajeras y exploradoras van y vienen para comunicar la distancia, la dirección y la calidad de las flores o los lugares de potencial anidamiento a las otras abejas obreras. Muchos científicos se hallaban involucrados en la dilucidación de las funciones comunicativas de la danza, pero el etólogo austríaco Von Frisch aportó los principales resultados durante el período mencionado, por los que recibió el Nobel de fisiología y medicina en 1973. Unas observaciones excelentes, un diseño experimental cuidadoso y tenaz, investigación laboriosa y algunas controversias convirtieron la obra de Frisch en una gesta. Se necesitaba una mente brillante para descubrir y traducir el lenguaje de un invertebrado de conducta tan compleja como las abejas.

La historia del hallazgo va unida a la peripecia vital del investigador protagonista. Haberlo percibido y exponerlo con tersa inteligencia es mérito de Tania Munz en The Dancing Bees, aunque el lector español disponía ya de una obrita del propio Von Frisch, La vida de las abejas. Pese a que no fue nunca miembro del Partido Nazi, sus trabajos se realizaron en medio de las dificultades de la Segunda Guerra Mundial, mientras se encontraba en el Instituto Zoológico de la Universidad de Múnich. Como señala Munz, Von Frisch era triplemente vulnerable. Su abuela materna era judía según la doctrina nazi. En su laboratorio había empleado a numerosos investigadores judíos. Y él mismo tenía enemigos en la academia, movidos por celos profesionales o por un feroz antisemitismo. Pero no le faltaron las manos amigas de Alfred Kühn y Fritz Wettstein, adscritos ambos al Instituto Kaiser Wilhelm de Biología de Berlín. Con todo, el salvoconducto le vino de las propias abejas.

Las abejas polinizadoras eran vitales para la agricultura alemana. En 1941, Nosema, un parásito microspo­ridio causante de la disentería, destruyó 800.000colonias, amenazando la productividad agrícola ya mermada del régimen. El presidente de la Sociedad de Apicultores Bávaros escribió a la jerarquía nazi para indultar al investigador más preclaro de todo el mundo obre abejas, con el fin de que ayudara en la situación catastrófica de emergencia. Invocaba incluso a los conocimientos de apicultura del Führer, que Hitler había heredado de su padre, del que se sabía que había criado colmenas. De acuerdo con la ideología nazi de Blut und Boden (sangre y suelo), se privilegiaron las ciencias agrarias. En 1942, Himmler estableció un instituto para la erradicación de las plagas de insectos. Se acordó por fin que Von Frisch prosiguiera sus investigaciones para combatir la plaga. La biografía de Karl von Frisch epitomiza la lucha por la existencia del científico bajo un régimen totalitario.

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