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  • Marzo/Abril 2018Nº 89

Neurociencia

Escepticismo en torno al estudio de la consciencia

Según muchos filósofos, la experiencia subjetiva no puede explicarse científicamente. Sin embargo, esta objeción se apoya en sesgos cognitivos.

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La consciencia es uno de los últimos grandes enigmas que la ciencia investiga con esmero. Pero el interés por desentrañar su misterio se remonta a muchos años atrás. Los documentos culturales más antiguos, como las pinturas rupestres de Lascaux o el Libro de los Muertos del Antiguo Egipto, testimonian que los humanos indagan desde hace tiempo explicaciones para el fenómeno de la consciencia. A pesar de ello, los avances resultan un tanto decepcionantes.

Si bien en los últimos siglos se ha alcanzado, como mínimo, un entendimiento básico de procesos decisivos en casi todas las áreas de las ciencias naturales, en el estudio de la consciencia continúa abierto un gran interrogante: ¿cómo surgen, a partir de la actividad electroquímica de las células nerviosas, las experiencias de dolor, alegría, deseo o asco? Muchos filósofos argumentan que nunca entenderemos cómo se origina la consciencia; ni siquiera si la consideramos un fenómeno natural.

Esa postura constituye un serio problema ya de por sí, puesto que desestima la posibilidad de perfilar el esbozo de una teoría que, en algún momento, pueda llegar a entenderse. ¿Debemos, por tanto, cejar en el intento de comprender la consciencia desde la ciencia? En absoluto: esta visión solo refleja que todavía no hemos logrado ese objetivo; lo que tampoco sorprende, a la vista de la complejidad de la cuestión.

Los escépticos tienen de su parte una serie de argumentos, en apariencia, plausibles. Se apoyan, sobre todo, en la subjetividad de la consciencia: cada uno de nosotros percibe dolor, alegría u olores de manera que no resulta accesible a ninguna otra persona. En cambio, la ciencia es objetiva, por tanto, con sus métodos solo pueden investigarse fenómenos objetivos: la conducta humana o la actividad de las neuronas, por ejemplo. Pero la consciencia no puede comprenderse de esa manera, por ello, la ciencia nunca logrará resolver el enigma de cómo el cerebro la produce, sostienen.

¿Debemos aceptar este razonamiento? Existen muy buenos motivos históricos, teóricos y empíricos para no hacerlo. Repasemos primero los históricos. A lo largo de la historia de la ciencia a menudo se ha hablado de que determinados aspectos del alma humana son básicamente inexplicables. Sin embargo, una y otra vez, tales afirmaciones se han demostrado erróneas. Durante mucho tiempo se desestimó la idea de que la capacidad del habla dependiera de procesos naturales. A ojos del filósofo francés René Descartes (1596-1650) y de muchos de sus sucesores hasta mediados del siglo XIX, el lenguaje era solo prerrogativa de un alma inmaterial.

Inconcebible por falta de conocimientos

Desde la perspectiva de los conocimientos sobre el cerebro que se tenían por entonces, la idea puede entenderse. Se pensaba que los nervios eran unos tubos delgados por los que se movían unas pequeñas bolitas que transmitían informaciones y órdenes. Pero los procesos cognitivos complejos, como el procesamiento del lenguaje, quedaban fuera de esta explicación. Así pues, el escepticismo de Descartes resulta comprensible, pero injustificado.

Con todo, los principios de la interpretación cartesiana persistieron durante más de 200 años. No fue hasta la segunda mitad del siglo xix cuando fueron superados, repentinamente, por conocimientos novedosos: la investigación experimental reveló que el cerebro contenía una red densamente entretejida de neuronas, las cuales se comunicaban a través de señales electroquímicas. Todavía se estaba a varias leguas de distancia de una teoría neurobiológica sobre el procesamiento del lenguaje, pero estas primeras observaciones fueron suficientes para renunciar, en el transcurso de unos pocos años, al viejo dogma de que el lenguaje no podía explicarse de manera naturalista.

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