Neuroplasticidad y meditación

Un encuentro entre la neurociencia y la filosofía oriental

 

Entrena tu mente, cambia tu cerebro
Sharon Begley
Ediciones Obelisco, 2022

En 1987, el neurobiólogo chileno Francisco Varela, que después de una estancia en Harvard se había afincado en París, organizó (en colaboración con el empresario estadounidense Adam Engle) el primer encuentro entre científicos occidentales y eruditos budistas para integrar los conocimientos de la neurociencia contemporánea y de la filosofía oriental. Varela estaba convencido de que la neurociencia necesita a la filosofía, pero una filosofía empírica y experimental, que centrase sus fundamentos en la percepción y en la experiencia personal. El cuerpo como laboratorio. Las diferentes corrientes filosóficas que se reúnen bajo el paraguas del término «budismo» ofrecían esta perspectiva, utilizando la meditación como entrenamiento cognitivo y como herramienta de indagación mental, y abogando por la investigación de causas y efectos con el fin de desarrollar y afinar un camino de conocimiento que, lejos de estancarse en dogmas inamovibles, va evolucionando a la luz de la evidencia práctica y de la exploración de la realidad.

Tenzin Gyatso, el decimocuarto dalái lama, se implicó profundamente para propiciar este encuentro intercultural, convencido de que la neurociencia podía ser la clave para indagar aspectos cruciales de la mente y avanzar los principios y las prácticas del budismo. Al mismo tiempo, el dalái lama vio en este diálogo también la posibilidad de ampliar sensiblemente el abanico de personas que podían beneficiarse, a la luz del método científico, de las perspectivas y las técnicas de la meditación. Así fue como se creó el Instituto Mente y Vida, una red entre el sistema académico occidental y el mundo de la filosofía budista. Una red que, desde entonces, ha generado encuentros internacionales anuales, cientos de publicaciones científicas en revistas de impacto, decenas de libros de divulgación y una larga serie de recursos que propician el desarrollo de nuevos campos de investigación, a menudo etiquetados con el nombre de «neurociencias contemplativas». En 1991, Varela publicaba, con otros autores, el libro The embodied mind, explicando esta perspectiva que, en el marco de la cultura filosófica europea, se acerca a la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty. En 2017, Daniel Goleman y Richard Davidson, otros dos pioneros en este campo, publicaron Los beneficios de la meditación, donde han resumido cuarenta años de investigación científica sobre los efectos de las prácticas meditativas.

El duodécimo encuentro del Instituto Mente y Vida se celebró en 2004 en Dharamsala, en la residencia del dalái lama, y se centró en un tema específico: la neuroplasticidad. Hasta finales del siglo pasado, había cierto acuerdo sobre que la estructura y la organización del cerebro adulto no podían cambiar mucho. Más bien, no había pruebas de lo contrario, así que se daba por sentado que genes y experiencias tempranas moldeaban el cableado cerebral con el cual tendríamos luego que lidiar toda la vida. Pero por entonces ya este axioma se había visto debilitado por muchas investigaciones en campos muy distintos. A pesar de que el cerebro adulto no tiene la potencialidad de uno recién hecho, mantiene la posibilidad de reajustar muchos de sus componentes, ya sean células, conexiones o neurotransmisores. Estos cambios, incluso cuando son menores, pueden marcar la diferencia entre una vida triste y apagada y una vida llena y feliz.

La tarea de resumir los logros de este encuentro le tocó a Sharon Begley, que publicó un informe muy detallado de los contenidos científicos del evento en el libro Entrena tu mente, cambia tu cerebro. Fallecida en 2021, Begley era toda una veterana del periodismo estadounidense. Empezó su carrera en periodismo científico en Yale en la década de 1970. Después ocupó mesas en instituciones pilares de la cultura norteamericana, como el Wall Street Journal o el Boston Globe. Una carrera heterogénea, aunque siempre atenta a los temas de la neurociencia y un interés por la meditación que la llevó, en 2012, a publicar un libro con el mismo Davidson, sobre el cerebro y las emociones (El perfil emocional de tu cerebro, Ediciones Destino).

El libro sobre el encuentro de Dharamsala está bien arropado por la comunidad del Instituto Mente y Vida: cuenta con un prólogo del mismo dalái lama, un prefacio de Goleman y un apéndice final de Engle que cuenta la historia de la institución y resume todos los encuentros organizados hasta 2005. Begley relata el encuentro en diez capítulos, separando los temas tratados durante aquellos días y presentando a los científicos que contaron sus investigaciones frente al dalái lama y a sus asesores. Los primeros capítulos tratan de los estudios históricos y pioneros sobre la neuroplasticidad en general, para luego llegar, en la segunda parte, a la investigación específica sobre la meditación y sus efectos a nivel neurobiológico y psicológico. La parte histórica describe muy bien el contexto cultural en que estas investigaciones se han llevado a cabo en el último siglo; la parte científica está respaldada por las pruebas experimentales y las publicaciones asociadas. La meditación ya se emplea desde la década de 1980 en numerosos hospitales como herramienta de apoyo para las enfermedades que conllevan sufrimiento psicológico o dolor físico. En los últimos dos decenios sus efectos sobre la capacidad de atención, la estabilidad emocional, la resistencia y la resiliencia al estrés y las capacidades empáticas y sociales se han analizado y publicado en las revistas científicas de mayor prestigio.

En este sentido, quizá no ha sido muy feliz la elección de la editorial de diseñar una portada algo infantil y juguetona (el dibujo estilizado de un cerebro sonriente en una pose caricaturizada de meditación, y otro con bíceps de culturista). Es una iconografía que asocia la meditación a una imagen de autoayuda barata y superficial, en lugar de reconocer su valor científico y su fundamento como práctica de higiene psicológica y cognitiva.

Es un libro completo y fácil de leer, que acompaña al lector por los aspectos formales de la plasticidad cerebral, los métodos científicos empleados para investigarla y las vidas personales de los biólogos, médicos y psicólogos que han forjado el camino de sus descubrimientos. Sin embargo, su estructura y su dinámica pueden resultar lentas. Los conceptos y los resultados se repiten una y otra vez, lo que puede resultar a veces un poco redundante. Además, según una estrategia frecuente en este tipo de ensayos, los experimentos se describen con muchos detalles, extendiendo sensiblemente el texto. Asimismo, se detecta, a lo largo de todo el libro cierto sesgo, probablemente asociado a la profesión periodística de Begley, que tiende a presentar los resultados de la ciencia de una forma demasiado concluyente. Aparece una crítica muy patente a la ortodoxia anterior, es decir, a la visión tajante de un cerebro estable e inmutable, para luego exponer los nuevos hallazgos como pruebas decisivas y finales, lo cual deja la sensación de haber sustituido una ortodoxia por otra.

También hay que destacar cierta tendencia a presentar todo este camino en clave de epopeya americana, resaltando de manera continuada el papel de las instituciones y de la cultura estadounidenses. Por un lado, hay que reconocer que este aparente exceso de nacionalismo es, en parte, justificado, porque son las grandes universidades de Estados Unidos (empezando por Harvard) las que han propiciado y sostenido cincuenta años de investigación sobre meditación y neurociencia. Al mismo tiempo, muchas veces uno se pregunta si tantas referencias a la cultura estadounidense son realmente necesarias. Es curioso que, sin embargo, el papel principal de «malo» de la película se entrega a un europeo: Santiago Ramón y Cajal. En diferentes puntos del libro, se menciona a Cajal como el más influyente representante del dogma del cerebro estable, autoridad inflexible y ortodoxa que con su peso habría sesgado décadas de ciencia del viejo continente. Tal vez Begley no sabía que, a pesar de la poca información que se tenía en neurociencia al principio del siglo pasado, fue precisamente Cajal el primero en defender de forma asidua que «cada hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro».

Un libro estimulante y, sobre todo, una excelente fuente de información histórica y bibliográfica. Se hubiera agradecido un estilo más objetivo y desapegado, y quizás una visión orgánica mayor que, más allá de la crónica y de la importancia del evento intercultural, podría haber proporcionado informaciones más concretas y cotidianas sobre los efectos de las prácticas meditativas en nuestra plasticidad cerebral. Los experimentos con ratas, macacos y cerebros son fundamentales para investigar las bases biológicas de nuestra mente, pero lo más importante es entender cómo importar todo ello en este laboratorio que llevamos dentro, donde realizamos este extraño experimento, a veces improvisado y tambaleante, que llamamos vida.

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