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Inmunes al bostezo contagioso

Las contorsiones faciales de los soñolientos no afectan a los niños preescolares ni a los autistas.

© istockphoto / Jani Bryson

Nada resulta peor, cuando uno se esfuerza por mantenerse despierto durante la pesadez posprandial, que alzar la mirada y ver el bostezo de un compañero de trabajo. A muchos de nosotros, el bostezo nos resulta inevitablemente contagioso. Un estudio publicado en Child Development en octubre de 2010 parece indicar que la capacidad de «pillar» un bostezo exige en realidad ciertas destrezas sociales bastante elaboradas.
Psicólogas de la Universidad de Connecticut han estudiado el fenómeno con 120 niños de entre uno y seis años de edad. Para ello, una investigadora, mientras leía un cuento a los jóvenes probandos, se detenía de cuando en cuando y bostezaba de forma llamativa repetidas veces. Menos del 10 por ciento de los niños menores de cuatro años bostezaron en sincronía con la experimentadora. Entre los de más edad, el porcentaje se elevó de manera significativa: del 35 al 40 por ciento de niños contagiados.
«Sabemos que el cerebro social se desarrolla ya en los primeros años de vida», explica Molly Helt, directora del estudio. Aunque los más pequeños son sensibles a los gestos y expresiones faciales de otras personas, su cerebro puede ser todavía incapaz de reflejar de modo inconsciente esas emociones. «Por así decirlo, en algún momento empezamos a hacernos con las emociones de los demás sin tener siquiera que pensarlo.»
En la segunda parte del estudio, las investigadoras aplicaron el mismo proceder con niños autistas. Observaron que los niños con desórdenes encuadrados en el espectro autista se manifestaban menos propensos al contagio del bostezo: en el grupo de 5 a 12 años solo bostezaba un 11 por ciento, frente a un 43 por ciento de los participantes con desarrollo normal.
Según Helt, los niños autistas no presentan dificultades en reconocer el bostezo de otras personas, sin embargo parece que en su cerebro existe una menor tendencia a responder remedando tales expresiones faciales. «No están desarrollando un vínculo emotivo automático con quienes les rodean», afirma. «Si logramos saber más sobre las formas de conexión del cerebro social en los primeros años, tal vez ese conocimiento resulte aplicable a niños con autismo ya desde edades tempranas.»

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