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  • Enero/Febrero 2019Nº 94
Retrospectiva

Historia

Educados para el Führer

Con el fin de formar una generación de soldados y simpatizantes, el régimen nacionalsocialista promovió que las madres ignoraran las necesidades de sus hijos pequeños. Los investigadores del apego creen que las consecuencias de esta educación todavía perduran.

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Ella quería amar a sus hijos pero, por algún motivo, no lo lograba. Renate Flens* llegó con depresión a la consulta de Katharina Weiss. Al poco rato, la psicoterapeuta sospechó que tras los problemas depresivos de la paciente se escondía la frustración de no ser capaz de dejar que las personas se le acercasen. Después de una búsqueda minuciosa de pistas en el pasado de Flens, las dos mujeres creyeron hallar a la culpable: la doctora Johanna Haarer, autora de unas guías que explicaban cómo educar a los niños para el Führer en la época del nacionalsocialismo. Aunque Flens nació en los años sesenta del siglo pasado, es decir, después de la Segunda Guerra Mundial, los libros de Haarer todavía eran superventas en esa época. En casi todos los hogares de la Alemania de la posguerra se podían encontrar ejemplares de las guías. Ante la pregunta de la terapeuta sobre el tema, Flens recordó haber visto un libro de Haarer en una estantería de la casa de sus padres.

Al parecer, un aspecto especialmente pérfido de la filosofía educativa de Haarer ha pasado de generación en generación: para convertirlos en buenos soldados y simpatizantes, el régimen nacionalsocialista promovió que las madres ignoraran las necesidades de sus hijos pequeños. Debían ser personas pobres en emociones y apego. ¿Es posible que esa enseñanza se haya transmitido a hijos y nietos?

«Hace tiempo que analistas e investigadores del apego tratan este tema, pero en público se ignora», afirma Klaus Grossmann, quien en los setenta dirigió un estudio sobre el apego entre madre e hijo. En el laboratorio de la Universidad de Ratisbona observó situaciones en las que un bebé lloraba, la madre iba hacia él, pero poco antes de llegar a su lado, se detenía. Aunque el pequeño seguía llorando a pocos metros de la madre, ella no manifestaba ninguna intención de tomarlo en brazos o de consolarlo. «Cuando preguntábamos a las madres por qué hacían eso, contestaban que no debían consentir al niño.»

Frases como estas todavía siguen vigentes. Incluso el superventas Jedes Kind kann schlafen lernen («Todos los niños pueden aprender a dormir»), de la psicóloga alemana Annette Kast-Zahn y el pediatra Hartmut Morgenroth, apunta en la misma dirección. El libro aconseja acostar solos en una habitación a los niños con problemas para dormirse o que no consiguen un sueño prolongado. Los padres deben ir a verlos a intervalos de tiempo cada vez más largos y hablar con ellos, pero nunca tomarlos en brazos ni tocarlos, incluso si lloran.

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