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1 de Enero de 2019
Nuevas tecnologías

El teléfono inteligente, ¿un peligro?

La mayoría de los adolescentes de entre 12 y 13 años ya tienen su propio teléfono inteligente y, con ello, acceso a contenidos problemáticos en la Red. ¿Cómo pueden los padres preparar a sus hijos ante los peligros de la ­comunicación móvil?

Getty Images / RawPixel / iStock

En síntesis

Cerca del 10 por ciento de los jóvenes con edades comprendidas entre los 12 y los 13 años han estado en contacto, a través del teléfono inteligente, con contenidos sexuales o de violencia.

La distracción continua a causa del móvil puede producir problemas de sueño y comporta un riesgo elevado de desarrollar depresión o trastornos de ansiedad.

La mejor medida para evitar los peligros es hablar con los niños de los posibles problemas que puede causar la inadecuada utilización del teléfono inteligente. Establecer una especie de «contrato de uso del móvil» puede ayudar.

En el vídeo de decapitación del Estado Islámico no hay nada pixelado o tapado. Se ve con toda claridad cómo los terroristas decapitan a varios prisioneros con un machete. En un instituto de Fráncfort, un alumno de sexto envió el vídeo por WhatsApp a todos sus compañeros de clase. Algunos lo reenviaron a otros ami­gos. Al final, entre 70 y 80 niños vieron el vídeo.

«No fue hasta seis semanas más tarde cuando los primeros padres empezaron a enterarse de algo», explica Günter Steppich. «Sus hijos tenían pesadillas a causa de esas imágenes». Además de profesor de un instituto de Wiesbaden, Steppich es conferenciante del Departa­mento para la Protección de Menores ante los Medios de Comunicación, entidad que depende del Ministerio de Cultura de Hesse. En sus charlas habla, sobre todo, de los riesgos y los peligros que comportan para los jóvenes los teléfonos móviles inteligentes, entre ellos, los mensajes no deseados con contenido problemático, como vídeos en los que se ve cómo se torturan animales o personas, escenas de películas de terror o pornografía. En 2016, en el estudio KIM (siglas en alemán para «Infancia, Internet, Medios») llevado a cabo por las instituciones de control de los medios de comunicación de Baden-Wurtemberg y Renania-Palatinado, un 6 por ciento de los encuestados con edades comprendidas entre los 6 y 13 años afirmaron que en su círculo de amigos habían surgido alguna vez problemas con mensajes inadecuados propagados por Internet o a través de alguna aplicación móvil. En el grupo de edad de 12 a 13 años, el porcentaje aumentaba a un 10 por ciento.

¿Representa el teléfono móvil un peligro para los niños y los jóvenes? En 2015, un equipo dirigido por Karin Knop, de la Universidad de Mannheim, presentó un estudio en el que unos 570 niños, de 8 a 14 años, y cerca de 520 padres participaron en diversas entrevistas y cumplimentaron varios cuestionarios. De modo general, constataron muchos aspectos positivos en el uso del teléfono móvil por parte los menores de edad. Junto con la gran cantidad de opciones de entretenimiento (juegos, vídeos o música), que entusiasmaban a todos los grupos de edad por igual, los participantes más mayores también utilizaban los móviles para buscar información, consultar los horarios del autobús y de la escuela u obtener información sobre la predicción del tiempo. Con todo, las posibilidades de comunicación ocupaban un puesto destacado. «Nuestras conversaciones con los niños nos revelaron que lo que más valoran de los teléfonos inteligentes es la conectividad con los demás», explica Knop. «Con un mensaje, en cualquier momento puedes comunicarle a tu mejor amiga que piensas en ella o que le deseas suerte para un examen.»

Además, estos dispositivos facilitan la organización del día a día en muchos aspectos: la mensajería instantánea permite planear encuentros con un grupo grande de personas, y los mensajes de texto facilitan la tarea de informar a los padres de que una clase se ha suspendido y que su hijo llegará antes a casa. La otra cara de la moneda es que, de los participantes que disponían de un teléfono móvil con conexión a Internet, uno de cada cinco había estado en contacto, al menos una vez, con páginas no aptas para menores. Otros tantos habían recibido alguno de esos vídeos denominados «paliza feliz» (happy slapping). Se trata de grabaciones en las que se muestran ataques o agresiones a desconocidos o a compañeros de clase y que se propagan por Internet.

¿Quién me escribe?

Un problema que atemoriza a los padres es que su hijo entre en contacto con desconocidos. Según el resultado del equipo de Knop, un 27 por ciento de los usuarios de entre 8 y 14 años han recibido mensajes de personas que no conocen. Aunque es cierto que la mayoría de los encuestados parecen estar sensibilizados sobre el tema y saben el modo de bloquear la entrada de mensajes de estos usuarios, siempre hay algún niño que se deja seducir y explica información personal, envía grabaciones suyas o se cita con el individuo que ha conocido por Internet.

«Las intrusiones pedófilas todavía son una epidemia en Internet», advierte Steppich. Antes, los autores de este tipo de actos solían utilizar sobre todo páginas de chat para entablar contacto con los menores. En la época del teléfono móvil inteligente, emplean cada vez más la función de mensajería que ofrecen los juegos preferidos de los niños, entre estos, QuizReto (entretenimiento de preguntas y respuestas) o Clash of Clans(videojuego de estrategia y construcción de aldeas). Steppich invita a aquellos padres que duden de esa posibilidad a que hagan ellos mismos la prueba: tan solo necesitan utilizar un nombre de usuario que parezca propio de una menor de edad para recibir, al cabo de pocos minutos, mensajes de desconocidos. En estos casos, la única ayuda radica en enseñar a los niños que nunca deben dar información personal ni enviar fotografías propias a extraños.

Más complicado es el caso del llamado «sexteo» (sexting), es decir, el envío de mensajes sexuales. Se trata de imágenes o grabaciones eróticas, a veces incluso pornográficas, que realizan los mismos jóvenes y que envían a los demás a través de aplicaciones de mensajería como WhatsApp. Después de mucho tiempo sin saber cuán extendido estaba este fenómeno, el estudio de Knop y sus colegas proporciona datos representativos: al menos un 4 por ciento de los usuarios de teléfono móvil de 11 a 14 años declara haberse hecho alguna vez fotos o vídeos en los que ellos mismos aparecían desnudos o semidesnudos y haberlos difundido. Los problemas surgían cuando los destinatarios de las imágenes las enseñaban a su círculo de amigos o las reenviaban. Este tipo de contenido lo han recibido un 13 por ciento de los encuestados.

Ya que muchos niños tienen amigos fuera del colegio (por ejemplo, amistades que han hecho en asociaciones o clubes), solo es necesaria una tarde para que una imagen de alguien desnudo llegue a todas las escuelas de una ciudad, continua Steppich. La única manera de evitar este fenómeno es a través de la prevención. «En la mayoría de los casos habría sido suficiente con que alguien hubiera hablado con el niño alguna vez sobre el tema», afirma el investigador. Por otro lado, las fotos en sí mismas no son el problema; más bien se trata de un asunto relacionado con preguntas básicas de confianza y respeto.

Nicola Döring, psicóloga de medios de comunicación de la Universidad Técnica de Ilmenau, piensa igual. Al menos a partir de la pubertad, muchos jóvenes consideran que la práctica del sexteo de común acuerdo es una forma de expresión sexual, sobre todo cuando tiene lugar dentro de una relación romántica. Es importante que acontezca un cambio de opinión en torno al sexting practicado por jóvenes, escribe Döring en su página web de la universidad medienbewusst.de. Por un lado, más chicas que chicos sufren acoso por ello y tienen que luchar contra calificativos despectivos como «puta». Por otro, los que obran de manera equivocada son aquellos que difunden fotografías privadas de otras personas sin su consentimiento. «En el caso del abuso corporal, ya se ha extendido la idea de que la víctima no tiene la culpa. En relación con el abuso de fotos personales, todavía no hemos llegado tan lejos», indica Döring.

La violencia y las experiencias sexuales indeseadas, así como el acoso, son, por tanto, amenazas reales cuando los niños y los jóvenes utilizan el teléfono inteligente. Pero, según Knop, existen otros dos posibles efectos del teléfono móvil que tienen más importancia en el día a día y que casi todos los usuarios conocen: la distracción constante y el miedo a perderse algo. Este temor recibe el nombre de FOMO (acrónimo de la expresión inglesa fear of missing out). A los jóvenes siempre les ha importado saber qué hacen sus amigos, comenta Knop. No obstante, cuando ese interés y el miedo a ser excluido de los encuentros o de las conversaciones aumentan en exceso, ello lleva a los adolescentes a utilizar el móvil con demasiada frecuencia y de manera descontrolada. De acuerdo con un estudio del equipo de Andrew Przybylski, de la Universidad británica de Essex, todas las personas poco autónomas y que se sienten marginadas socialmente son propensas a sufrir FOMO [véase «FOMO o el miedo a perderse algo», por Theodor Schaarschmidt en Mente y Cerebro n.o 93, 2018].

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Atención sin pausa

La distracción es, con diferencia, el inconveniente más común relacionado con el uso del teléfono móvil. En este aspecto, los niños y jóvenes apenas se diferencian de los adultos. Las aplicaciones de noticias, medios de comunicación y juegos requieren una atención constante. Para los escolares, ello no solo supone un problema cuando intentan terminar los deberes, sino que también comporta dificultades para conciliar el sueño. Numerosos estudios demuestran que los niños y jóvenes que pasan más tiempo con el teléfono móvil van a dormir más tarde y la duración de su descanso es menor en comparación con los sujetos de la misma edad que no invierten tantas horas con el teléfono móvil. La falta de sueño no solo puede mermar el rendimiento escolar; también aumenta el riesgo de sufrir una depresión o un trastorno de ansiedad. Al parecer, las personas que utilizan el dispositivo móvil con mayor frecuencia son más propensas a sufrir estos problemas. Sin embargo, todavía no está claro que el teléfono móvil sea el culpable de ello.

La habilidad más importante que los niños y jóvenes requieren para el manejo del teléfono inteligente es la autorregulación, sostiene Knop. Han de saber postergar sus necesidades. Esta capacidad es, por un lado, una característica de la personalidad que favorece, por ejemplo, el éxito académico; por otro, se desarrolla con el paso del tiempo. Pero durante la pubertad ocurre un cambio relevante: incluso los niños que destacaban por saber esperar una recompensa se comportan de forma más impulsiva. La falta de autocontrol alberga el peligro de que el móvil los pueda llegar a dominar, afirma Knop. «En esos casos, la persona está pendiente de cada mensaje entrante. Incluso cuando [el móvil] no suena, no se logra permanecer ni cinco minutos sin comprobar si habrá pasado algo».

Con todo, la adicción al móvil todavía resulta un tema controvertido para los investigadores. Pero no cabe duda de que incluso algunos adultos prestan más atención a su teléfono inteligente que a las personas que tienen alrededor. Esta conducta influye en los más jóvenes. De hecho, la función de modelo que el adulto desempeña para los niños empieza en el cajón de arena. En el parque, si los padres tienen los ojos puestos en el móvil, no resulta extraño que el hijo de dos años desarrolle un gran interés por las pantallas táctiles. «Es muy normal que los niños quieran imitar el comportamiento de sus padres. Sobre todo, cuando estos hacen algo con frecuencia y entusiasmo», explica Markus Appel, psicólogo de la Universidad de Wurzburgo.

Pero ¿deben los niños de preescolar y los de primaria utilizar los medios digitales? Lo más importante es que solo vean contenidos adecuados a su edad, señala Appel. «Algunos padres piensan que los pequeños todavía no entienden ciertas cosas. A partir de investigaciones relacionadas con el uso de la televisión se sabe que, aunque no entienden algunas palabras y ciertos detalles, comprenden gran parte de lo que aparece en la pantalla». Si las aplicaciones son las adecuadas para su edad, los medios digitales no tienen por qué ser más problemáticos que los analógicos, indica el psicólogo. Una excepción podrían ser, como máximo, los libros infantiles para los más pequeños, ya que a menudo disponen de elementos táctiles. Difícilmente, una pantalla digital podrá reproducir esa propiedad.

Cuando un niño de parvulario quiere ver diez veces seguidas el vídeo en el que aparece tirándose por el tobogán, no es ningún síntoma de principio de adicción al teléfono móvil, señala Appel. Por un lado, los vídeos llaman más su atención que las escenas estáticas, fenómeno que también les sucede a los adultos. Por otro, les encanta volver a ver algo que ya conocen. «Los niños de preescolar necesitan más tiempo para reconocer estructuras; aprenden, sobre todo, a través de la repetición», explica el psicólogo. De igual manera sucede con los libros infantiles; en cambio, a nadie se le ocurriría pensar en una «adicción a los libros».

Según los investigadores, los padres con hijos de 10 años también deben controlar qué hace el niño con el móvil, los contenidos que consume y cuánto tiempo pasa con el dispositivo. Pero ¿a qué edad se supone que un móvil ya no comporta riesgos para los jóvenes? No existe una única respuesta.

La importancia de hablar sobre los peligros

Con frecuencia se escucha la explicación de que el uso de los medios digitales prepara a los niños y jóvenes para las exigencias de la vida laboral futura. La afirmación es cierta, pero solo en parte. En 2012, Appel comprobó que los jóvenes que usan a menudo las redes sociales poseen mayores conocimientos informáticos, pero no se requieren unas competencias técnicas muy amplias para saber colgar selfies en Instagram o entretenerse con un videojuego en el móvil. Dicho de otro modo, los conocimientos prácticos sobre cómo se utilizan estas aplicaciones móviles distan mucho de los que se les exigirán como empleados o programadores.

El peligro de mutar hacia «un zombi solitario del teléfono móvil» es, señalan los investigadores, bajo. «Por suerte, la mayoría de los niños todavía juegan en el exterior, incluso cuando tienen un teléfono móvil», explica Knop. «Naturalmente, los medios digitales no deben ser la única actividad recreativa y siempre debería haber espacios de tiempo sin el móvil. Pero si cuatro jóvenes se sientan juntos en la piscina con el teléfono inteligente en la mano, a menudo es porque están hablando por WhatsApp entre ellos y con otros compañeros que se han quedado en casa.» No existe ninguna prueba concluyente de que el uso de los medios digitales en sí perjudique el desarrollo, añade Appel. Las tesis alarmistas, por el contrario, podrían amedrentar a muchos padres, de tal manera que estos no se formarían una opinión propia sobre el tema ni desarrollarían sus propias competencias en relación con las nuevas tecnologías. Como consecuencia, no serían capaces de ayudar a sus hijos en este ámbito.

Pero Steppich no es, ni mucho menos, un enemigo acérrimo de las nuevas tecnologías. Con sus propias manos ha dotado a la escuela de una red local inalámbrica; también utiliza tableta en la clase y tiene varias páginas web. Según observa, la mayoría de los casos relacionados con un uso irresponsable de Internet se registran en alumnos que aún no han llegado a tercero de secundaria. Por esa razón, en las reuniones de padres aconseja que los escolares dispongan de móvil a partir de los 14 años. No obstante, sabe que la realidad es otra: en el estudio KIM de 2016, el 43 por ciento de los niños de entre 10 y 11 años ya disponían de móvil, porcentaje que se elevaba a un 61 por ciento entre los alumnos de 12 y 13 años. El punto más importante, dicen los expertos, radica en hablar con los niños de los posibles problemas que puede causar la utilización inadecuada del teléfono móvil. En este contexto, establecer una especie de «contrato de uso del móvil» puede ayudar.

Steppich continuará luchando, según sus palabras, contra molinos de viento. Siguiendo su iniciativa, el departamento del Ministerio de Educación de Wiesbaden envió una carta a todos los padres de los niños que iban a empezar la escolarización en una de las 55 escuelas de secundaria de la ciudad alemana en agosto de 2017. En ella se explicaba que el departamento del Ministerio de Educación y la dirección del colegio correspondiente desaconsejaban que los alumnos de 11 y 12 años dispusieran de un teléfono móvil. Dos padres le mandaron un correo electrónico a Steppich burlándose de su ingenuidad. Pero más de cien le escribieron dándole las gracias. Muchos se alegraban de poder argumentar a su hijo por qué no debía disponer aún de un teléfono móvil inteligente.

 

Web de interés:

Intenet Segura for Kids (IS4K) es el centro de seguridad en la Red para niños y adolescentes de España: www.is4k.es

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