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Actualidad científica

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  • Enero/Febrero 2019Nº 94

Aprendizaje

Estudiar en el extranjero

Los alumnos que deciden cursar parte de sus estudios en el extranjero se distinguen de sus compañeros de clase incluso antes de hacer las maletas. Los contactos novedosos y las experiencias en otra cultura imprimen nuevas huellas en su manera de ser.

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Algunas personas se mantienen fieles a sí mismas desde la infancia hasta la vejez. Después de muchos años sin verlas, parecen las mismas. Sin embargo, la mayoría de los mortales cambiamos a lo largo de nuestra vida. Jule Specht, de la Universidad de Münster, y un grupo de psicólogos comprobaron esta tendencia en un estudio a largo plazo en el que participaron 14.000 alemanes. De manera periódica, los entrevistaban sobre diversas facetas de su vida. Descubrieron que sobre todo los acontecimientos vitales decisivos, como el primer empleo y la jubilación, dejaban en ellos huellas duraderas.

Solo y en un país desconocido. La mayoría de los individuos que se han embarcado en esta aventura, la describen como una de las experiencias más estimulantes de su vida. En España, algo más de 39.000 estudiantes universitarios optaron por estudiar o hacer prácticas laborales en el extranjero con una beca Erasmus durante el curso 2015-2016, según el informe anual sobre el programa Erasmus+ de la Comisión Europea. En Alemania, alrededor de uno de cada tres alumnos se traslada temporalmente a una universidad de otro país, informó en 2015 el Servicio Alemán de Intercambio Académico. ¿Vuelven estos estudiantes cambiados?

En la Universidad Leuphana de Luneburgo, un equipo dirigido por Alexander Freund investigó el desarrollo de la personalidad de 221 estudiantes a lo largo de un semestre. En 2017 publicaron sus resultados: los 93sujetos que cursaron un semestre en el extranjero eran, desde un inicio, más sociables y estaban más abiertos a las nuevas experiencias que sus compañeros de clase, según revelaban los test de personalidad que habían cumplimentado. Tras la estancia en el extranjero se describieron como más sociables, más extravertidos y menos neuróticos en comparación con los que se habían quedado en su hogar. También había aumentado su autoeficacia, es decir, la creencia en la propia capacidad para lograr los objetivos incluso en situaciones difíciles. La sensación de autoeficacia era mayor cuantos más contactos sociales habían establecido durante su estancia en el extranjero.

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