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  • Septiembre/Octubre 2012Nº 56

Medicina

Cuando el dolor persiste

Millones de personas en todo el mundo sufren dolor crónico. ¿Por qué se mantiene el malestar tras la cura de la lesión? ¿Qué sucede en el cerebro? ¿Puede evitarse?

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Imagínese el lector que es médico y está tratando a un paciente por un dolor casi constante desde hace cuatro años; desde el día en que se torció el tobillo al bajar el bordillo de una acera. La fisioterapia tan solo le alivió durante un corto espacio de tiempo. Los analgésicos no dieron mucho mejor resultado, y los medicamentos más eficaces le provocaron extenuación y estreñimiento. Ahora, su paciente se siente deprimido, duerme mal y presenta dificultades de concentración. Al hablar con él, se da cuenta de que la capacidad intelectual también parece afectada. La exploración física le confirma que la lesión inicial está curada. Solo persiste el dolor y sus consecuencias, pero las opciones que le quedan para ayudarlo se están agotando.

Esa situación se repite cada día en los consultorios médicos de todo el mundo. Entre un 15 y un 20 por ciento de los adultos sufren dolor persistente o crónico. Según la Organización Mundial de la Salud, la mitad de los pacientes de atención primaria que presenta un síndrome de dolor crónico no ha podido recuperarse después de un año. Las causas habituales de este malestar intratable son el traumatismo físico, la artritis, el cáncer y las enfermedades metabólicas (entre ellas la diabetes, que puede dañar los nervios). Sin embargo, en numerosos casos, el origen del trastorno se desconoce.

A pesar de décadas de investigación sobre la biología y la percepción del dolor, todavía existen muchos interrogantes por resolver. Nadie sabe por qué algunas lesiones, incluso las poco importantes, tienen como consecuencia un dolor crónico, ni tampoco por qué este afecta a unas personas y no a otras. No obstante, en los últimos años se están identificando cambios reveladores en las neuronas que explicarían el dolor persistente. En concreto, se ha verificado una excitabilidad irregular entre las neuronas en cada nivel de la vía del dolor corporal. En la médula espinal, algunas células amplifican de forma anormal las señales de dicho malestar después de experimentar una especie de «aprendizaje» molecular, de modo similar a lo que ocurre en el cerebro durante la formación de los recuerdos a largo plazo.

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