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  • Julio/Agosto 2018Nº 91

Medicina

Experiencias ­heredadas

¿Repercuten las experiencias vitales de los abuelos en los nietos? Los estudios epigenéticos en ratones así lo demuestran, pero los hallazgos en humanos todavía resultan imprecisos.

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Iris-Tatjana Kolassa, directora del Departamento de Psicología Clínica y Biológica de la Universidad de Ulm, está convencida de que algo debe cambiar con urgencia. A diario se enfrenta en su consulta con los abismos de la psicología humana. «Cuando una joven deprimida se sienta frente a mí, a menudo no tardo en descubrir que su madre también sufría depresión», explica. Existen familias en las que las madres de generaciones sucesivas murieron por suicidio, relata la psicóloga. Al parecer, las vivencias traumáticas no solo sobrecargan a la persona afectada, sino que incluso pueden transmitirse de generación en generación.

¿Cómo puede explicarse este fenómeno? La epigenética, ciencia que estudia el modo en que se regula la actividad de los genes, podría ayudar a conocer la respuesta. El hecho de que un factor hereditario se encuentre activo o inactivo depende de su empaquetamiento. Así, los grupos metilo que se agregan al ADN impiden, por ejemplo, que puedan leerse los genes allí alojados. Estas marcas epigenéticas cambian, a su vez, bajo la influencia de las experiencias vitales acumuladas. Los investigadores definen estas como todos los factores que repercuten en el organismo, sea la alimentación, el estrés, el consumo de drogas o la felicidad.

Hoy en día, los científicos debaten cómo y hasta qué punto una persona puede transmitir sus vivencias a los descendientes a través de las modificaciones epigenéticas. Pero investigar este fenómeno en la especie humana resulta complicado, pues cada individuo vive un número inimaginable de experiencias a lo largo de la vida. Por esa razón, los investigadores prefieren apoyarse en los experimentos con animales, en los que pueden analizar y controlar factores determinados en condiciones de laboratorio concretas.

En 2017, el equipo del toxicólogo Robert Tanguay, de la Universidad de Corvallis, introdujo embriones de pez cebra en un acuario con benzopireno durante períodos de hasta 120 horas. A semejanza de los humanos, los peces sufren los efectos del hidrocarburo benzopireno, al que las personas nos hallamos constantemente expuestas al respirar el humo de los cigarrillos, del gasóleo o de las barbacoas. Las condiciones ambientales del acuario ocasionaron problemas cardíacos y respiratorios a los animales, los cuales incluso manifestaron una conducta de miedo. Estas alteraciones no solo se observaron en los peces «maltratados»; la descendencia inmediata y la siguiente también mostraban esos problemas, a pesar de que habían crecido en agua limpia. Los investigadores concluyeron que las modificaciones epigenéticas del ADN responsables de estos efectos causados por tóxicos ambientales se heredan hasta la tercera generación.

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