Historia de la medicina

Camillo Golgi y la reacción negra

La voluntad y el rigor intelectual estuvieron en el origen de los descubrimientos de este gran médico que le llevaron, desde un hospital provinciano, hasta el reconocimiento internacional y al premio Nobel.

Golgi, en la foto de recuerdo de los distinguidos honoris causa por la Universidad de Cambridge (1898), pocos meses después del descubrimiento del aparato reticular interno (aparato de Golgi). De izquierda a derecha, Étienne-Jules Marey, Anton Dohrn, Camillo Golgi, Ernst Haeckel, Ambrosius Arnold Wilhelm Hubrecht, Wilhelm Kühne, Henry Bowditch, Hugo K. Kronecker. [Instituto de Patología General de la Universidad de Pavía]

El 26 de octubre de 1906, Camillo Golgi, a la sazón profesor de histología y patología general de la Universidad de Pavía, recibió un telegrama del director del Instituto Karolinska de Estocolmo donde se le comunicaba la concesión del premio Nobel de medicina y fisiología. Fue el primer italiano que recibía el má­ximo reconocimiento científico internacional, galardón que coronaba una aventura intelectual iniciada en el Hospital de Benefi­cen­cia de Incura­bles de Abbiate­grasso, un nosocomio de enfermos crónicos, lejos del circui­to académico.

Camillo Golgi nació el 7 de julio de 1843 en Corteno (hoy Corteno Gol­gi), una aldea de las montañas de la alta Valcamonica. Hijo de médico rural, creció con el ejemplo diario que le brindaba su progenitor, siempre dispuesto a partir en medio de la no­che para auxiliar a un enfermo gra­ve o para asistir un parto en una choza perdida en las montañas. Concluidos los estudios primarios y secundarios, Golgi se matriculó en la facultad de medicina de la Uni­ver­sidad de Pavía, sin más ambición que licenciarse para ejercer la profesión paterna.

Por aquella época, el de Pavía era el único ateneo de Lombardía y en él encontró Golgi una verdadera efervescencia cultural. Después de la primera fase de la unificación italiana, los estudios en medicina de Pavía se habían transformado y vivificado con elementos didácticos que incluían nuevas materias, como las revolucio­narias conquistas de la biología alemana, la patología celular de Rudolf Wirchow o la teoría celular de Ma­thias Jacob Schleiden y Theodor Schwann, que despertaban el entusiasmo de los estudiantes. De esta forma, las ideas que habían modificado el mapa de Italia se entrelazaban con las nuevas teorías sobre la constitución de los organismos, so­bre los procesos pa­tológicos y sobre la naturaleza de los fenómenos biológicos.

En este marco conceptual, la vida, la psíquica incluida, no era sino un momento de organización y estructuración particulares de la materia, destinada cíclicamente a terminar por transformarse merced al impulso de las fuerzas que actuaban sobre los compuestos químicos. No en vano El ciclo de la vida era el título de uno de los textos fundamentales del positivismo científico de la época, escrito por el filósofo materialista holandés Jakob Moleschott y traducido al italiano por Cesare Lombroso, entonces profesor de psiquiatría en la Univer­sidad de Pavía. El 7 de agosto de 1865 fue Lombroso el ponente de la tesina de licenciatura sobre la etiología de las enajenaciones mentales preparada por Golgi. En la mente del joven laureado, el grado constituía el pun­to de partida para el ejercicio de una honesta profesión médica. Pero la fascinación contagiosa que emanaba de una personalidad tan ecléctica y entusiasta como la de su mentor, co­nocido ya desde que a los veinte años escribió un ensayo titulado Sobre la locura de Cardano, terminó por decidir la suerte de Camillo Golgi. La atención a los enfermos ya no era el ideal al que sentía debía dedicar su vida. Mucho más fascinante le re­sultaba el estudio del cerebro y de los fenómenos nerviosos, un campo de investigación clave para la filosofía materialista que reducía la psiquiatría a neuropatología y que no consideraba el cerebro como órgano del alma sino de la psique. Después de un período de incertidumbre profesional, Golgi ingresa como asistente hospitalario en la clínica psiquiátrica de Pavía y empieza a apasionarse por la investigación científica.

El meticuloso Golgi bien pronto descubriría en la personalidad de Lombroso todas sus extravagancias y sus deficiencias metodológicas. De hecho sólo en apariencia seguía el axioma epistemológico positivista que oficialmente abrazaba, según el cual una verdad científica es la que se deriva de hechos, a partir de los cuales se establecen leyes mediante in­ducción. En realidad Lombroso se nutría más de intuiciones repentinas que de sólidas deducciones. Al servicio de estas intuiciones destellantes  ponía toda su energía creadora, seleccionando el dato experimental si le convenía y despreciándolo si no se ajustaba a sus teorías.

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    Temas IyC Nº 29

    Julio/Septiembre 2002

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