Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Diciembre de 2007
Conservación

El hombre en los programas de conservación

Enfrentar la naturaleza y la biodiversidad contra las personas carece de sentido. Nuestra salud y bienestar deberían situarse en el centro de las medidas proteccionistas.

samuel y pedro velasco 5W Infographics; davies & starr Getty Images (maíz); don farrall Getty Images (abeja y pez dorado); george doyle y ciaran griffin Getty Images (loro); rubberball productions/getty images (hombre); purestock/getty images (camarón, gallo y rana); medicalrfcom/getty images (microorganismo); flip nicklin Minden Pictures/Getty Images (ballena); digital vision/getty images (cerdito); joseph van os Getty Images (tigre); creativ studio heinemann Getty Images (planta);

En 2004, la Unión Mundial para la Conservación (IUCN) añadió tres buitres a la lista de especies en grave peligro de extinción: el de pico largo (Gyps indicus), el de pico esbelto (Gyps tenuirostris) y el de dorso blanco (Gyps bengalensis). La población de esas tres especies, que a comienzos del decenio reciente de los noventa alcanzaba cerca de 40 millones de individuos en la India y Asia meridional, se había reducido en más del 97 por ciento. Las razones que se esgrimieron para salvar a esas aves responden a un discurso que nos resulta familiar: tenemos la obligación ética de salvar la biodiversidad del planeta por su valor intrínseco. Un razonamiento que podría trenzarse de otra manera, menos habitual.

Se tardó bastante en descubrir las causas genuinas de la caída de la población de buitres. Solía atribuirse a la pérdida de hábitat y a la contaminación. Hasta que, hace unos años, se observó que las aves morían por ingesta de un fármaco antiinflamatorio, el diclofenaco, que se administra al ganado. En los bóvidos y en los humanos, ese medicamento amortigua el dolor; en los buitres, provoca fallos renales. Con la desaparición de los buitres, cientos de miles de cadáveres de vacas, que suelen dejarse para las aves, se han podrido al sol, han incubado la bacteria carbuncosa (Bacilus anthracis) y han terminado convirtiéndose en pasto para los perros salvajes. Esa abundancia de alimento ha provocado el aumento de la población de perros cimarrones y, con ello, de la amenaza de la rabia. Así, el destino de los buitres puede hallarse ligado al de millones de personas: salvar de la extinción a esas aves protegería de enfermedades peligrosas a las personas.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.