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La formación de un personaje

La familia, la escuela, la ciudad: cómo madura una personalidad vigorosa y una vocación científica.

Querido Habicht: Reina entre nosotros un silencio tan solemne, que me parece sacrílego romperlo con una charlatanería insulsa. Pero, ¿no es así como les sucede siempre a los seres sublimes de este mundo? ¿Qué hace usted entonces, especie de ballena congelada, pedazo de ánima acecinada u otra de las cosas que, lleno de ira en el 70 por ciento y de compasión en el 30 por ciento restante, aún podría espetarle? No es sino al último 30 por ciento al que debe agradecer que, después de su ausencia en Pascua sin noticia alguna, no le enviara una caja de ajos y cebollas picadas. ¿Por qué no me ha mandado aún su tesis? ¿Acaso no sabe que yo seré una de las 1 y 1/2 personas que la leerán con placer, miserable individuo? Le prometo a cambio cuatro de mis trabajos, de los cuales podría enviarle el primero en breve, pues muy pronto recibiré las separatas. Trata de la radiación y de las propiedades energéticas de la luz. Es muy revolucionario, como verá usted si me envía antes sus trabajos. La segunda publicación corresponde a una determinación del tamaño del átomo a partir de la difusión y el rozamiento interno de soluciones diluidas de sustancias neutras. En el tercer trabajo se demuestra que, de acuerdo con la teoría molecular del calor, las partículas de un tamaño del orden de la milésima de milímetro en suspensión en el seno de un líquido se hallan sujetas a un movimiento desordenado perceptible, debido a la agitación térmica. Los fisiólogos han observado ya el movimiento de pequeños cor­púsculos inanimados en suspensión; lo han denominado "movimiento molecular browniano". Del cuarto artículo dispongo sólo de un borrador. Trata de una electrodinámica de los cuerpos en movimiento, establecida a partir de una modificación de la teoría del espacio y del tiempo; la parte cinética de éste a buen seguro le interesará.

Carta de Albert Einstein a Conrad Habicht, mayo de 1905.

Este texto corresponde al extracto de una carta que Einstein, quien a la sazón contaba veinte años, escribió a un amigo. Sorprende que le tratara de usted al propio tiempo que le lanzaba pintorescas invectivas; pero a comienzos del siglo xx, esa formalidad era de rigor en Suiza, incluso entre compañeros. Hasta ahí, pues, nada que reseñar: un joven investigador ha redactado cuatro artículos científicos y le promete a un amigo, a quien cree interesado, enviarle un ejemplar. Un análisis más profundo del texto revela, sin embargo, que quien lo escribe poco tiene de común.

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