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1 de Septiembre de 2016
Sistema solar

Siete años de misión para reunir 60 gramos de asteroide

El viaje de la sonda OSIRIS-REx al asteroide Bennu aportará respuestas a preguntas sobre nuestro pasado más lejano y nuestro posible futuro.

Como un colibrí que se cierne sobre una flor, la nave espacial OSIRIS-REx tratará de recoger en 2019 muestras de la superficie rica en carbono de Bennu. Será la misión de toma de muestras de asteroide más ambiciosa que se haya intentado, y la primera de Estados Unidos.
[BRYAN CHRISTIE]

En síntesis

Los asteroides son restos prístinos del nacimiento del sistema solar que ofrecen respuestas a preguntas aún sin respuesta sobre la formación de planetas, y quizás incluso sobre los orígenes de la vida.

Presentan oportunidades y también peligros: los asteroides contienen metales, agua y compuestos orgánicos que podríamos explotar, pero unos pocos podrían chocar contra la Tierra.

Ya sea por motivos científicos, económicos o de seguridad, recoger muestras de asteroides y traerlas de vuelta a nuestro planeta para su estudio constituye la próxima meta en la investigación de asteroides.

En 1999 se descubrió un asteroide que quizá sea el más amenazador que se conoce. Describe una órbita inestable que cruza periódicamente la que la Tierra sigue alrededor del Sol. Los astrónomos le pusieron a este objeto de medio kilómetro de diámetro el nombre de Bennu, un dios de la creación en la mitología egipcia. En efecto: si cayese, repleto como está de compuestos orgánicos y minerales ricos en agua, en un mundo yermo, podría sembrar allí las semillas de la vida. Sin embargo, su destino quizá sea el de provocar un sufrimiento y una destrucción inmensos. Se calcula que en 2135 pasará más cerca de la Tierra que la Luna. Es posible que esa aproximación altere la trayectoria del asteroide de modo que acabe chocando contra nuestro planeta a finales del siglo XXII.

No se puede predecir en qué lugar exacto de la Tierra caería Bennu, aunque sencillos cálculos aritméticos demuestran que el impacto podría liberar una energía de 3000 megatones de TNT. Si su acercamiento de 2135 lo pone rumbo a una colisión con la Tierra, los líderes mundiales tendrían básicamente dos opciones para evitar el desastre: evacuar grandes regiones del planeta o lanzar una misión espacial que desviase el asteroide. Para saber lo grandes que tendrían que ser la evacuación o la misión de desvío, esos futuros estrategas dependerían en parte de datos reunidos más de un siglo antes por una nave espacial de la NASA que despegará este mes de septiembre. Su nombre es OSIRIS-REx y viajará a Bennu con el objeto de volver a la Tierra con muestras del asteroide.

Los orígenes de OSIRIS-REx
Los asteroides, como reliquias de la formación del sistema solar, son emisarios de las profundidades más oscuras de nuestra historia. Transportan datos sobre sucesos cientos de millones de años anteriores al registro geológico de la Tierra que no se encuentran en ningún otro lugar. Las muestras de un asteroide podrían contener respuestas a preguntas aún abiertas sobre el nacimiento del Sol, la formación de los planetas e incluso los orígenes de la vida en la Tierra. Si a todo esto le sumamos la necesidad de protegernos contra los impactos catastróficos de asteroides, resultará obvio por qué los científicos se interesan por estos objetos.

Lo que no es tan evidente es por qué hay que enviar una sonda espacial en una misión de ida y vuelta para recoger una muestra, cuando a la Tierra caen continuamente fragmentos de asteroides (lo que llamamos meteoritos). El problema es que pocos de estos son prístinos, si es que hay alguno que lo sea. Todos deben soportar una abrasadora entrada en la atmósfera de la Tierra, que derrite su superficie, y la mayoría ha de aguardar durante años, siglos o milenios a que se los encuentre; así, la exposición prolongada al viento y la lluvia va borrando poco a poco las desconocidas historias que podrían contarnos. La mayoría de los asteroides, por el contrario, han permanecido miles de millones de años en un estado que el ambiente estéril del espacio profundo apenas si modifica. Visitarlos es la única manera de acceder a la información que contienen.

Y entre los asteroides, Bennu es un caso especial. La mayoría de los fragmentos de meteoritos que llenan los museos de la Tierra están compuestos de roca y metal, materiales suficientemente resistentes como para sobrevivir a la caída hasta la superficie de nuestro planeta. Bennu, en cambio, es una masa negra como el carbón formada por delicados compuestos orgánicos. Estos compuestos carbonáceos podrían ser los precursores de la bioquímica basada en el carbono de nuestro planeta. Los científicos querrían estudiar Bennu incluso aunque no fuera peligroso. Pero lo es... y precisamente porque Bennu pasa tan alarmantemente cerca de nuestro planeta, es posible enviar una misión que vuelva de allí con muestras.

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