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1 de Noviembre de 2005
Etología

Sensibilidad animal

Nadie que tenga trato frecuente con animales de compañía dudaría en afirmar que éstos sienten alegría y afecto, miedo y pena. Pero, ¿pueden equipararse tales sensaciones a los sentimientos humanos?

THINKSTOCK / LILYANA VINOGRADOVA

En síntesis

La observación de ciertos comportamientos en los animales nos hace pensar que estos poseen emociones semejantes a las humanas.

Durante mucho tiempo los científicos negaban que los animales sintieran emociones. Hoy en día, el tema ha pasado al primer plano de investigación y algunos opinan que al menos los mamíferos sí las presentarían, aunque serían de diferente naturaleza e intensidad a las nuestras.

Según algunas interpretaciones, las emociones conllevarían una ventaja evolutiva, porque ayudarían a la supervivencia. Sin embargo, algunos experimentos demuestran que los animales realizan también algunas conductas por pura diversión.

De la nube de polvo del horizonte surgen con gran estrépito manadas de elefantes. Los animales salvajes baten las orejas, se mueven en círculos, barritan, trompetean y alzan la trompa con un sonido grave y profundo. Parecen reconocerse; diríase que celebran una reunión familiar. Anotación habitual en los libros de viajes por la sabana africana, Joyce Poole las ha descrito innumerables veces en una investigación de campo de varios años. En su opinión, no cabe duda de que se alegran al encontrarse de nuevo los viejos camaradas. Otros naturalistas reseñan la congregación de la manada en torno a una cría nacida muerta: los paquidermos empujan con sus trompas el cuerpo inerte del pequeño como si quisieran devolverle el aliento. Durante días velan el cadáver con las orejas caídas. Cuando enferma un miembro de la manada o es alcanzado por las balas de un cazador furtivo, acarician, protegen y cuidan al elefante herido hasta que se yergue de nuevo sobre las patas.

Bernd Würsig, de la Universidad A&M de Texas, ha explicado el comportamiento de apareamiento de las ballenas de la costa argentina. Dos ballenas francas, Butch y Aphro, siguieron un puntilloso ritual de cópula que se iniciaba con delicados rozamientos. Se enredaban luego sus cuerpos poderosos y se fundían sus aletas en un abrazo. Una vez que el macho penetró a la hembra, la pareja continuó abrazada cierto tiempo sobre la superficie marina antes de sumergirse, aleta con aleta, en la profundidad y desaparecer. Würsig está convencido de que las ballenas de su relato se hallaban "enamoradas".

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