Percepción del espacio y el tiempo por el sentido del tacto

Ligeras variaciones en la frecuencia de golpes sobre la piel producen amplias fluctuaciones en la percepción de las localizaciones de los mismos. ¿Qué relación puede guardar esto con el funcionamiento del sistema nervioso central?

Hay un juego de salón que consiste en que una persona (el sujeto, se le denominaría en un experimento psicológico) man­tiene cerrados los ojos mientras otra punza su brazo suavemente con un lápiz. El sujeto debe indicar, a continuación, dónde le han golpeado. Casi invariablemente, señala un punto algo alejado del lugar real de contacto. Durante más de diez años realizamos ensayos, en nuestro laboratorio de la Universidad de Princeton, que pudieran considerarse variaciones controladas de ese juego.

Partimos del conocimiento de que los sentidos humanos se han ido adaptando diversamente al espacio y al tiempo. No poseen la misma preparación a la hora de habérselas con estas dos principales magnitudes del mundo físico. Aunque el sentido de la vista domina ya muchos de los intrincados perfiles del espacio, resulta bastante indolente en lo que concierne al tiempo. Pensemos, por ejemplo, en el modo en que los fotogramas discretos de una película, proyectados sobre la pantalla a un ritmo de 24 imágenes por segundo, se disuelven en una acción percibida como algo uniforme y continuo. La audición domina el manejo del tiempo, pero la información que aporta sobre el espacio resulta indirecta y a menudo defectuosa. Un sonido que se origine en un punto del plano medio del cuerpo tendrá casi las mismas probabilidades de percibirse produciéndose en su parte anterior o produciéndose en su parte posterior. Los sentidos del olfato y el gusto contribuyen muy poco a la formación de acotaciones espaciales y temporales, respondiendo con relativa lentitud a las alteraciones químicas del medio ambiente.

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